25 de abril de 2009

Más letreros que obras: tras las huellas de Tarzán

Luego del fin de semana salimos al alba hacia un nuevo destino, la “ciudad” de Zorzor en el extremo oriental, junto a la frontera con Guinea. No sabíamos exactamente la distancia, porque aquí los trayectos se miden en horas y en días, no en kilómetros. Llegar a Zorzor nos llevaría todo un día. Luego descubriríamos que ¡solo habíamos recorrido 150 kilómetros! Si Kakata parecía un pueblo, al comenzar a pasar otros asentamientos más pequeños, nos dimos cuenta que Kakata, en efecto, era una ciudad. La diferencia es que todo lo demás era básicamente hecho de barro crudo, a la vista, y no revestido, pintado y decorado como en aquella “ciudad”. A medida que avanzábamos, nos internábamos más y más en una espesa jungla donde, de cuando en cuando, aparecían pequeños caseríos de barro con una escuelita de cemento y una infinidad de letreros de ONGs y otras organizaciones internacionales publicitando sus obras. Más letreros que obras, por supuesto. Sin embargo aun estábamos en un camino pavimentado; aun estábamos en lo que se podría llamar “civilización”. La civilización duro hasta que llegamos Gbanga, una ciudad que dice ser, es la más grande de esa región. Habrá que creerlo, porque nada cambió sustancialmente; eran las mismas casas de barro pero muchas, muchas juntas, una al lado de la otra. Lo que si cambio fue que, desde ahí, abandonamos la carretera pavimentada para entrar en lo que, luego aprenderíamos, serian las rutas normales en Liberia: Caminos de tierra. Ese seria otro mundo: Un mundo mucho más coherente con lo que es este país. Fuimos atravesando en la carretera pequeños villorrios de casas de barro con techos de paja, pero que, de alguna manera, parecían mejor construidos que los que habíamos visto en la carretera. Con gentes y desde luego, con carteles, muchos carteles, de organismos de desarrollo y ONGs, publicitando lo que habían hecho ahí. Sin embargo lo que más impresiona es que la gente ahí se ve…viviendo, si, viviendo como seguramente lo han ido haciendo…desde la época de Tarzán, y mucho antes también. Las mujeres caminan con su carga en la cabeza; los hombres están sentados, mirando caminar a las mujeres con su carga en la cabeza y los niños, desnudos de la cintura para abajo, con el pipi al aire, aunque solo los varones; las niñas seguramente están recogiendo leña. Todo normal… Las mujeres con sus bellas “lapas”, que es como se llama aquí ese paño que se usan como faldas y que les cubre desde la cintura hasta el tobillo, con su carga en la cabeza y su bebé en la espalda, amarrado con otra lapa. Todo normal. Resulta curioso ver los contrastes en esa ruta selvática: el color marrón de las chozas de barro y paja, con alguna decoración en sus paredes exteriores, dibujos geométricos trazados con pintura blanca, negra o roja, el verde intenso de una selva sin colores que sobresalgan y las vestidos multicolores de las mujeres, incluso de los escolares, que aquí tiene que usar uniforme, generalmente pantalón o falda azul y camisa rosada! El uniforme se ve bonito, pero cuando uno se pone a pensar que una de esas familias tiene que gastar el dinero de varios meses de ingreso para costear el uniforme que les exige la escuela, una escuela que apenas se tiene en pie, donde no hay nada, apenas una pizarra y un profesor que apenas sabe leer y escribir, suena como absurdo, ¿no? Cuando uno ya se ha empachado con la primera impresión, entonces se comienzan a ver los detalles. Y el que primero saltó a mi vista fue el hecho de que esas mujeres, con sus bellas telas, andaban por la carretera ¡descalzas! Un par de chancletas, de esas de goma, parece ser el colmo del lujo por estos lados. Solo las llevan la gente que circula por los pueblos y ciudades. La otra cosa que llama la atención es que no se ven cultivos. Estos pueblitos o villorrios están constituidos por un conjunto de casas, más o menos amontonadas, en un espacio claramente arrebatado a la selva, donde no hay nada más que chozas de barro y paja, piso de tierra con hornos de barro y bateas, morteros de madera, vasijas de plástico para el agua y una que otra olla de aluminio o un metal que parece de fundición… y niños, muchos niños que corren descalzos y semidesnudos entre las chozas de barro. El conductor que nos llevó, originario de esa región, nos contó que en esos pueblitos los cultivos son escasos, y de supervivencia unas matas de casabe (nuestra yuca), y de maíz complementados por las frutas que puedan recoger de la selva (se ve mucha palma, papaya y mangos) y la carne que puedan cazar. También nos contó que en esas comunidades aún persisten tradiciones mágicas ancestrales, como la de los hombres que en la noche salen a la selva y se transforman en panteras o serpientes u otros animales, de acuerdo al “tótem” de su tribu de origen; todo esto dicho muy seriamente, sin sonreír. No había más que creerle. Y así llegamos a Zorzor, la ciudad fronteriza con Guinea, que, según nos habían dicho, era una capital regional. Por supuesto no había ni una sola calle pavimentada. Estábamos en lo profundo de Liberia. Pero tampoco había ni una sola casa en pie. Todo en ruinas; una que otra pared acribillada de balas, la torre de comunicaciones de la radio local retorcida, mirando al suelo, y una multitud de casitas, dignas de una villa miseria cualquiera en nuestro continente, constituyen la parte urbana de esta ciudad. Eso si, una de esas “casetas” tenia un letrero que decía “Sastrería modelo”, otra “Universal telecenter”, “Business center”, se reparan computadores, etc.etc. Ahí aprendí una palabra nueva:”Lapa Bido”, refiriéndose a los restaurantes que encontramos ahí. Básicamente se trataba de una de esas casetas que tenía por puerta una “lapa”, esas telas multicolores, para hacer más discreto su interior. Nunca entramos porque las condiciones de higiene que vimos nos lo impidió: sin agua, la cocina un fuego de leña en el piso y platos de plástico donde se servía la comida, sin utensilios, lavados en el agua de un balde en el piso. La comida: el menú de siempre; arroz con hojas de casabe cocinadas en una salsa picante y alguno que otro pedacito de pollo o pescado de rio con todo y espinas. Esta capital provincial esta situada en lo que me dijeran, era una de las regiones agrícolamente más ricas del país: Aquí se cultiva caucho, palma, cocos y cacao, en general para la exportación. Además la proximidad con Guinea al este y Sierra Leona al norte, apenas a minutos de ahí, hace de este lugar un dinámico centro comercial. Y sin embargo… La pregunta que se imponía en ese momento era: será que siempre fue así, o es que aún no se ha podido reconstruir? Y la respuesta de todo el mundo era que no, que no siempre fue así, sino que las diferentes fuerzas beligerantes en esa guerra interna, esa guerra civil, simplemente se dedicaron a destruir sistemáticamente todo rastro de civilización occidental, como si hubiesen querido borrar todo recuerdo de algo que obviamente no querían ver más. Y sin embargo no pude percibir dolor en la expresión de esa gente, sino mas bien algo así como una profunda desesperanza, como preguntándose: “Que será lo que tenemos que hacer para tener un futuro?” Como no encontramos donde dormir esa noche (en realidad no había donde) nos fuimos hasta el Instituto de Capacitación de Maestros que íbamos a visitar de todas maneras. Nos alojaron en una de las casas que tenían para los profesores del instituto: un lugar sin muebles, sin luz y sin agua. La sola ventaja es que en esa casa había dormido la presidenta del país cuando se inauguro el instituto un año atrás. Claro, pero para la ocasión pusieron una cama. A nosotros nos toco dormir a ras del suelo… Al día siguiente salimos a visitar escuelas. Lo mismo que habíamos visto antes, pero esta vez me toco tener una conversación con el presidente de la asociación de padres de alumnos en una de estas escuelitas: Interesante discusión; hablamos de lo que hacían y lo que no hacían. Hablamos de la gente cultivando y exportando materia prima; que el cacao, que el caucho, que el café y el aceite de palma. Entonces yo le conté lo que había sucedido en Ecuador, donde con los mismos productos y cooperación extrajera se había logrado no solo elaborar esta materia prima sino que también mercadearla hasta tal punto que hoy en día en los supermercados en Europa y en USA un puede comprar chocolate con la marca “Ecuador” y café también con marca particular. Y aunque no lo crean me escuchaban como si yo fuera el profeta Elías contándoles una historia. Todo el mundo convencido que “that’s the way we have to go…!” La última aventura que nos esperaba fue que nuestro carro quedo en pana saliendo de un colegio. Se le fregó el alternador. Por suerte apareció un jeep de otro proyecto que nos arrastro a la ciudad, pero para seguir nuestro itinerario de visitas necesitábamos un taxi. Y bueno, si, hay un taxi en Zorzor, pero solo uno. Y lo tomamos a precio de gringo, para seguir nuestro dia. No les cuento cuanto nos conto, pero hay mas de uno que se hizo la “America” en Africa”.

Kakata: del país inventariado, al país real

Salir de Monrovia toma más de una hora. No porque la ciudad sea muy grande sino porque solo hay una calle que permite salir, y esta pasa por el “red light district”. Lo de luz roja no es por lo que normalmente se piensa (bares y burdeles), sino porque ahí esta el único semáforo de la ciudad. Y es en ese semáforo, lugar donde llega todo el transporte que viene del interior (taxis y no buses, porque aquí no hay buses), donde se juntan los viajeros con la gente que les quiere vender todo lo que no encuentran en sus pueblos. Y entonces se arma un lio de padre y señor nuestro donde uno anda a paso de hombre (o mujer) durante media hora, para recorrer las 5 cuadras que tiene ese famoso barrio. Pero de ahí ya es ruta libre. Eso no significa que uno puede andar a toda velocidad porque, a menos que uno conozca todo y cada uno de los baches en la carretera, más vale la pena no arriesgarse. No se puede andar a más de 50 km/hora sin arriesgarse a arruinar la suspensión de la camioneta al caer a uno de los enormes baches. Salíamos hacia el interior del país a visitar escuelas y los famosos institutos de capacitación de maestros, los “bebes” mimados del proyecto de la AID. Kakata, situada a 60 Km de Monrovia, es una ciudad considerada casi peri-urbana con relación a la capital. Algo así como el “gran Monrovia”. Sin embargo, para recorrer esos 60 km, nos tomó una hora y media entre campos llenos de ruinas, producto de la destrucción causada por la guerra, y plantaciones de árboles de caucho. Resulta que este país es uno de los grandes exportadores de caucho de la región. No se como se sitúa en el esquema mundial, pero si se que la “Firestone” tiene plantas de acopio por doquier. Llegar a Kakata no fue difícil. Darme cuenta que estábamos en una ciudad, si que me costó. Esta ciudad, aparte del “gran Monrovia”, es un pueblo… Pero eso si, con hotel o casa de huéspedes como les llaman aquí. Llegamos al “LA-Best guest house”, el único lugar en la ciudad para recibir huéspedes de la comunidad internacional. Realmente era hotel y discoteca. Habitación con tv, aire acondicionado y baño privado. Pensé, “y bueno, esta bien…”. Solo que energía solo hay entre las 7 y las 10 PM, y el baño no tiene agua! Pero, como el servicio era de primera categoría (por lo menos te cobraban como si lo fuera), en el baño había un tonel de agua y varias “escudillas”, o sea jarritas, y un balde que servía para verter el agua sobre tus partes corporales y así poder bañarte de mañana. Bueno, no agua, no luz, pero lo que no sabíamos es que también era no comida… De eso nos dimos cuenta porque, llegada la noche, lo único para comer era… Arroz y cerveza… y mucha, pero mucha música que venia desde abajo, de la famosa discoteca. Claro que música a todo lo que daba, pero sin nadie ahí, sin nadie que consumiera. A tal punto que pensamos que toda esa música era para ver si nosotros bajábamos y consumíamos algo. Afortunadamente el generador que daba luz entre 7 y 10 pm, se apagaba puntualmente a la hora indicada, cosa que agradecimos profundamente, no porque se apagara la luz y el aire acondicionado, sino porque la música de abajo se acababa a las 10! La mañana siguiente nos mostró un panorama totalmente nuevo… Desde el balcón, el único segundo piso en la vecindad, podíamos ver a la gente en las casas, saliendo a sus patios a lavarse con la jarrita, y acicalarse para salir a sus obligaciones cotidianas. Todo lentamente, sentándose y conversando con sus vecinos. Nosotros hicimos lo mismo pero sin conversar con los vecinos… solo esperando el desayuno, cocinado a fuego de leña, donde el agua para el café tardo un siglo en hervir. El desayuno consistió en agua, jugo artificial en paquete, huevos, arroz con papas y pan de paquete, de ese plástico. De ahí salimos a visitar nuestra primera escuela, que no quedaba muy lejos de donde estábamos. Llegamos a un lugar donde un señor armado de un candado y una llave nos pregunto que necesitábamos. Luego de consultar con el director, abrió el candado y pudimos entrar. Resulta que la escuela se mantiene cerrada bajo llave para que los alumnos no se escapen, pero también para castigar a los que llegan tarde. Llegamos a la oficina del director, una sala sin nada en las paredes y con un techo a punto de derrumbarse y ahí tuvimos una extensa reunión, que más bien fue una confesión. Comenzamos por cosas triviales sobre la escuela (número de alumnos, profesores, etc.) Pero rápidamente la conversación se fue al pasado, a contarnos como había sido la escuela antes de la guerra, lo que había pasado durante la guerra, como había sido utilizada como una base de operaciones por parte de una de las facciones, luego un campo de refugiados y finalmente saqueada por la misma gente de la comunidad que se robó hasta los bancos. Y luego, después de la guerra, tuvieron que ir casa por casa a recuperar los bancos, los escritorios, todo marcado con el nombre de la escuela para la gente que ahora tiene a sus hijos estudiando ahí. La guerra, esa guerra que sirvió de pretexto para todas las cosas, para que la gente simplemente se volviera loca y perdiera todo sentido de comunidad, y que ahora todo el mundo intenta dejar atrás, sigue estando presente aunque nadie quiera hablar de ella…y todo el mundo la quiera olvidar. Me di cuenta de eso cuando el director simplemente dijo “no quiero hablar más de eso” y asomaron lágrimas en sus ojos. De las cosas que vi en esa escuela algunas llamaron mi atención. Una de ellas, en medio de las ruinas, fue un espacio, algo así como una pérgola, donde los alumnos se juntan a conversar y a discutir ideas (según ellos a dirimir asuntos) y que se llama el “Palava”, que significa “el lugar de las palabras” y que, según ellos, viene del francés “palabre” que significa discutir. No pude dejar de pensar que esa era una excelente idea: tener un lugar así para tener nuestras discusiones domesticas en casa… Pero lo que más nos sorprendió fue que ese colegio, tan dañado por la guerra, fue aparentemente reparado pero de tal manera que todo había quedad a medio hacer. El techo fue reparado a medias, los libros, todos quemados durante la guerra, no habían sido remplazados, la pintura seguía descascarada, los servicios higiénicos inexistentes, en fin, todo parecía haber sido hecho a la carrera, sin método y sobretodo sin completar. Recordé que en los inventarios de algunos de los organismos de la ONU encargado de la rehabilitación de la escuela, esta figuraba como “trabajo completado”. Salimos de ahí a visitar el Instituto Rural de Capacitación de Maestros, la “joya de la corona” del proyecto de la AID. Efectivamente era una “joya”. Impresionante las instalaciones; impresionante la gente; impresionante el compromiso de todo el mundo, profesores y estudiantes, para salir de ahí con la mejor preparación posible y ofrecer una mejor educación en las escuelas de ese país. Todo, fascinante… hasta que comencé a enterarme de toda la historia. En ese proyecto, fruto de la cooperación de varios organismos internacionales, todo estaba a medio hacer pero en los libros figuraba como “completo”, porque había sido inaugurado con poma y boato por las autoridades. El sector residencial para los profesores estaba inhabitado por falta de luz y agua, los estudiantes vivían hacinados en un dormitorio porque en el resto del complejo todavía no había ni luz ni agua, faltaba la comida, no había textos, ni nada, absolutamente nada más que el entusiasmo de la gente. “Bueno” me dije yo, “es un comienzo”…”no se pueden quejar que las cosas llegaran poco a poco”. Pero entonces me enteré de lo peor: ese lugar, en realidad, no había sido creado por el proceso de “reconstrucción” del país, sino que había sido rehabilitado. Ese instituto existía antes de la guerra, fue completamente destruido y había sido reconstruido por las agencias internacionales. Solo que la reconstrucción fue hecha a medias y lo que una vez fue, ahora no era ni la sombra de ese pasado. Todo lo que hubo antes fue remplazado por cosas de tercera categoría, y eso ahora era lo que la comunidad internacional le daba al pueblo de Liberia para enfrentar su desarrollo. Era inevitable no darme cuenta que estábamos frente a un problema: el de entender, exactamente, cual era nuestra concepción del desarrollo. Y eso que aún no entendía profundamente lo que había sido este país antes de la guerra… Y fue con ese sentimiento que regresamos a Monrovia, luego de enterarnos que los profesores no habían recibido sus sueldos durante un año, y que todo el mundo para mantenerse, tenia estrategias alternativas; segundo trabajo, trabajo del cónyuge etc. Pero que todo el mundo que trabajaba ahí solo quería seguir enseñando porque estaban convencidos que el futuro del país estaba en la educación… No pude más que compartir sus ideas, aunque no estaba seguro que esa convicción fuera compartida por los “poderes que rigen nuestro destino”, al menos en el planeta. Regresamos a Monrovia a pasar el fin de semana, con esa pesadumbre en nuestras mentes y corazones.

17 de marzo de 2009

Liberia: reiventando un país

Cuando se llega a la capital de Liberia, Monrovia, se aterriza en el aeropuerto internacional “Roberts” que ha estado ahí desde los años 60. Nada ha cambiado salvo el cajero automático ubicado a la salida pero que no funciona. En los 60 era nuevo. Ahora ya no lo es. Lo que tengo ante mi es un pequeño edificio de una sola planta y no más grande que una casa de familia, con una pista bien pavimentada, solo porque la guerra hizo que esta fuera re-pavimentada para que pudieran operar aviones y helicópteros de las NNUU, que aún se pueden ver estacionados por decenas a sus costados. Pero todo lo demás ha quedado igual, o sea las 3 casetas donde los funcionarios de inmigración revisan los documentos y la pequeña área donde llega el equipaje. Entonces imagínense lo que sucede cuando uno de esos aviones grandes de pasajeros aterriza: se arma un lío tal que duramos casi dos horas en salir de ahí. Como el aeropuerto queda a 56 kmt de la ciudad, nos acomodamos bien en la camioneta y nos dispusimos a conocer esta parte de África, a través de los vidrios oscuros del cómodo vehículo con aire acondicionado. Afuera el mundo bullía de gente aunque casi sin animales. La gente anda a pie y no a lomo de algún animal, como en los países árabes o los nuestros. Aquí, probablemente, los animales ya se los comieron todos. El camino, perfectamente bien pavimentado, nos llevó a través de arrozales y plantaciones de caña y banano hasta la ciudad. Monrovia comenzó a insinuarse en sus suburbios, los cuales, como todos los suburbios, un amontonamiento de casas construidas sin ton ni son, con basura en las veredas y gente apiñada en las calles vendiendo o comprando algo. De los suburbios llegamos, aparentemente, al centro de la ciudad donde ahora veíamos un amontonamiento de casas, construidas también sin ton ni son, con basura en las veredas y gente apiñada vendiendo o comprando algo, pero, con uno que otro edificio de 7 u 8 pisos totalmente en ruinas y con agujeros de balas en sus murallas. Hasta que finalmente llegamos a “Mamba Point”, el barrio elegante de Monrovia, donde se encuentran los 3 hoteles para “internacionales”, las oficinas de las ONGs y las embajadas. Y aquí, una vez más, encontramos un amontonamiento de casas, construidas sin ton ni son, etc.etc. Pero esa noche no nos toco la “suerte” de llegar a uno de esos tres hoteles porque, dada la urgencia de nuestro viaje, no se pudo reservar nada. Aquí la comunidad internacional hace cola para venir y la capacidad hotelera no alcanza para acomodar a tanto huésped. Así que tuvimos que ir a otro “hotel nuevo” pero dentro de una comunidad internacional diferente; la de los nuevos futuros dueños de este país: el hotel “La Gran Muralla China”. Y si, porque este lugar se esta llenando de chinos…de china… que ni siquiera hablan ingles. Desde la recepción todo es chino. Las tres recepcionistas negras vestidas con trajes típicos chinos, se veían bastante exóticas, pero los chinitos detrás de la recepción se veían bastante fuera de contexto. Las habitaciones, aparentemente bastante nuevas, ofrecían aire acondicionado, TV e Internet. ¡Lo que nunca nos dijeron es que los manuales para todo eso estaban en chino! Así que nos toco llamar a las recepcionistas, que tampoco leían chino, quienes llamaron a un chinito… que no hablaba ingles, para que nos pusiera a funcionar todo. En realidad la Internet nunca funciono y los canales de TV eran solo en chino, así que no quedo mas remedio que bajar al restaurante chino del hotel, mirar el menú en chino (que a Dios gracias tenia fotos que se podían mirar en español), ordenar con señales la comida al mesero chino, comer y pagar una cuenta que venia en chino, ¡pero con números en ingles! Porque eso si, los chinitos serán chinos pero cuando se trata de plata si se hacen entender. A la mañana siguiente, luego de ducharnos con una gota de agua y de desayunar en chino, salimos de ese lugar porque habían encontrado habitación para nosotros en el “Crystal View Hotel”, uno de los tres “paraísos” refugios de la comunidad internacional. No es que fuera radicalmente diferente de lo que habíamos visto en el hotel chino, pero por lo menos aquí si había agua corriente, Internet … más o menos, televisión … más o menos ¡e instrucciones en ingles! ¡Ah! Y vista al mar… Hay que decir que en un lugar como este tener esas cosas es un lujo. Una ciudad en la que el sistema de agua y alcantarillado fue totalmente destruido. El agua se consigue acá, con un camión cisterna que viene dos veces por día a llenar el tanque del hotel, y que la gente del vecindario viene a recoger la que se fuga de la manguera con la cual el camión llena la cisterna. Así que, básicamente, para que algo funcione en este hotel de $150/noche y donde una pizza vale $20 y un omelette $8, hay que estar reparando y supliendo permanentemente las fallas de los servicios. Pero, eso si, la vista desde la terraza, donde funciona el café - restaurante, sobre un mar plano y sin olas, es hermosa. Desde ahí se ve el horizonte (y Jamaica en un día claro), las canoas con remos que pasan veloces y los barquitos con velas multicolores, seguramente hechas con telas locales, que pasan atiborradas de gente, en dirección al puerto. Claro que también se ve, a lo lejos, el puerto, y más cerca, un barrio marginal con nombre marginal, y una calle más o menos pavimentada por donde trepan penosamente carros y camiones viejos para llegar a Mamba Point que esta en la cima de una colina, uno de los lugares mas altos, y por lo tanto aireados, de la ciudad. Y ahí, frente a esta terraza esta la “Roca del Pipi”: una roca pequeña, al lado de una palmera, donde se paran carros y caminantes… ¡a orinar! Me imagino que será por la inspiración que les ofrece la vista sobre el mar. Prohibido orinar, o la guerra del pipi La primera cosa que impresiona cuando se recorren las calles de Monrovia, es la cantidad de carteles en las murallas prohibiendo orinar en ese lugar. Vimos uno en el que se anunciaba: “al que se orine aquí le será cortado el pito” Lo segundo que impresiona es la cantidad de basura regada por todas partes. Bueno, de hecho la basura casi no se recoge, sino que se deposita en contenedores abiertos donde luego se la quema a pesar que diga en estos “favor no quemar basura aquí”. Y por último, sobretodo impresiona son los muchachos, jóvenes a los que les falta una pierna o un brazo, pidiendo limosna … o robándose lo que puedan arrancarle a uno de estos blanquitos internacionales que están aquí para “ayudar” a reconstruir lo que la locura de una guerra destruyó. No olvidemos que una de las poblaciones mas victimizadas por esta guerra fueron los niños, los famosos niños soldados, obligados a empuñar fusiles para combatir en una guerra cruenta, sin saber quien era el enemigo y envalentonados por las drogas que les daban a consumir para desarrollar su agresividad. Esto niños son ahora jóvenes lisiados que vagan por las calles, sin destino, sin ayuda, y con una mirada triste en los rostros donde alguna vez hubo ferocidad y muchas veces crueldad inducida por individuos sin alma, y sin perdón para la humanidad. En las calles, llenas de gente, como corresponde a este tipo de mundo, si se escucha música, pero no mucha ni muy fuerte como se acostumbra en nuestro Caribe tropical. Aquí la música crea un ambiente de alegría que trata de suplir el dolor y el estado emocional creado por 14 años de guerra que solo se acaba de terminar hace 4 años y de la cual nadie quiere hablar ni tan siquiera recordar. Las heridas están demasiado frescas y no acaban por cicatrizar. El entorno físico no hace más que recordarle a la gente eso: edificios destruidos, paredes con agujeros de bala a pesar de que el gobierno le diera una mano de pintura a los edificios oficiales para disimular los daños, e incluso, el palacio presidencial aún en obra de reconstrucción. Esta atmósfera es completada por los alambres de púa que coronan los altos muros que protegen cada vivienda, las barricadas callejeras que salvaguardan los lugares donde hay embajadas o agencias internacionales, y el complicado laberinto de barreras metálicas por los que hay que zigzaguear para circular por la calle que pasa frente al “complejo habitacional” de la embajada americana. Todo nos dice constantemente que una cruel y sangrienta guerra acaba de terminar y que ahora comienza otra. Una titánica labor para devolver a este país a lo que fuera algún día, años atrás… Volver a inventarlo otra vez.

12 de febrero de 2009

Gibraltar: el estrecho que une dos mundos

La región que se extiende al oeste de Tetuán, 60 Km. de costa, que va hasta Tánger, me hizo comprender la diferencia que existe entre una barrera y un puente. Toda esa región es lo que se conoce como el “Estrecho de Gibraltar”. Los Andes, tal como se presentan por ejemplo en Chile y Argentina, constituyen una barrera. Es una enorme muralla que se yergue como un obstáculo para cruzar de un lado al otro, y que hay que salvar de una manera u otra. Eso era muy claro hace 50 años, cuando no había conexiones aéreas, y Chile quedaba totalmente aislado de Argentina (y del resto del mundo) durante el invierno, cuando la nieve cerraba el paso por las montañas. Bueno, Gibraltar, o el estrecho de Gibraltar, del cual se dice que “separa” África de Europa, cuando se le recorre y conoce resulta evidente que, más que una barrera, es un verdadero puente. Gibraltar, o “Djebel al Tarik” (Cerro de Tarik), como muchos deben saber, toma su nombre por Tarik, el conquistador de España en 711. Lo que no muchos saben es que Tarik no era árabe sino Amazigh o berebere, que eran los pobladores originales de las montañas de Marruecos. Djebel significa cerro e indica la prominencia mayor en la región, el famoso peñón de Gibraltar. A la altura de Tetuán y Ceuta el estrecho tiene ocho kilómetros de ancho y en Tánger trece. O sea que todo el tiempo se esta viendo la costa al otro lado…y por lo tanto lo que esta pasando en ese otro lado. Bueno, eso era antes, porque ahora el “otro lado” ya esta de este: España, en más de una manera, se tomó el norte de Marruecos. Saliendo de Tetuán por la carretera de la costa, hacia el oeste, lo primero que se encuentra es el famoso palacio de verano del rey, donde va a hacer jet ski. Es por eso, además que, Tetuán, de ser una ciudad sucia y dormida en las montañas del Rif (que es el nombre de esa cadena montañosa), se transformó en una moderna urbe por donde pudiera pasar el rey sin sentirse avergonzado por ver pobreza y suciedad. Y no exagero. Todo el mundo me confirmó que el progreso de Tetuán se debe a eso: por la pasada del rey por ahí para llegar a su palacio de verano, o al menos uno de ellos. Luego de ese punto, el palacio del rey, solo se ven modernos conjuntos habitacionales del mas puro estilo “mediterráneo”; “Casa del Sol”, “Hotel La Playa” y otra cantidad de nombres, todos ellos en español, que le hacen a uno cambiar radicalmente de panorama. Ya no estamos más en Tetuán, en ese mundo fusión entre España y el norte de África. Ahora estamos en plena Costa del Sol, Costa de Oro u otro de los balnearios que, del otro lado del estrecho, acogen a cientos de miles de turistas de toda Europa. No será de extrañar que algún día a toda esta región se la conozca con el nombre de “Costa” de alguna cosa. Y así, súbitamente estamos en Europa, sin haber cruzado ninguna frontera, caminando por rutas europeas, con señalización europea y construcción típicamente mediterránea, Española, hasta que llegamos a una frontera. De la nada y luego de una curva en el camino, asoma una península con un paso fronterizo en su entrada: Esta en Sebta, o Ceuta como se le llama en español. Y eso si que es España. Súbitamente estamos frente a una frontera en pleno territorio Marroquí. Si, porque Sebta (voy a respetar la ortografía del país huésped) es un “enclave” español desde hace siglos, en esa parte de la costa nor-africana. Sebta, junto a Melilla (cerca de la frontera con Argelia) eran inicialmente puertos de comercio, refugio de piratas, en fin, de todo, que durante siglos impuso la presencia de España, luego que los “árabes” (que en realidad no eran tales sino Marroquíes, bereberes y otros, fueran obligados a dejar el territorio peninsular, como todos sabemos, dejando tras ellos su civilización. De esta manera la entrada a la península donde se encuentra Sebta, ciudad pujante, esta cerrada por una barrera migratoria tan difícil de franquear como el aeropuerto de Barajas en Madrid. Con decir que a mi, por el hecho de haberme detenido a mirar el lugar (y tomar a la distraída algunas fotos), vino la policía a preguntarme que estaba haciendo ahí y que por favor circulara. De alguna manera me hizo pensar a algo parecido que viviera en la zona del canal de Panamá cuando aún estaban los gringuitos en control. Entrar a Sebta implicaba una demora tan larga que desistí, a pesar de mi pasaporte comunitario. Seguro que lo iban a mandar a investigar para saber de donde mismo nomás era, como dicen en Ecuador; es decir, si era falso o verdadero. Porque en esos lugares todo puede pasar, y de hecho pasa... y no es solo contrabando. Sin embargo la gente sigue haciendo filas interminables para entrar en Sebta a trabajar o a comprar cosas de origen europeo aunque me decían que recientemente, con la política de libre importación de un gobierno marroquí, deseoso de ser aceptado en la comunidad europea, ya casi todo se consigue en Tetuán o en Tánger. Así que no me toco más que seguir mi camino hacia Tánger, por la “ruta de los molinos de vientos”, pero del siglo XXI, que coronaban la cima de esas increíblemente hermosas montañas que rodean el mediterráneo con sus masas calcáreas, creando una vez más esa fusión entre lo moderno y lo tradicional que caracteriza a este país. Hacia mucho tiempo que no me sentía tan subyugado por un paisaje, como el que tenia ante mis ojos. Ya habíamos salido nuevamente de la zona “turística europea” y la ruta, un camino angosto y sinuoso, aunque pavimentado, pasaba ahora por pequeños caseríos y poblados al borde del mar, con sus niños en calzoncillos bañándose en pequeñas calas, o playitas rocosas, teniendo siempre al frente… Europa. Pero, como todas las cosas en esa parte del mundo, esta romántica ruta, súbitamente, y luego de una curva del camino, se ve “perturbada” nuevamente por otro “acontecimiento civilizatorio”: El puerto modelo de Tánger, el que, a unos 30 Kms. de Tánger pretende ser la puerta de entrada para el comercio de Europa a esta parte del mundo. Y como todas las cosas de nuestra civilización occidental, tan funcional y horrible que del impacto se me olvido tomar fotografías. Y de eso si que no me arrepiento. Así que seguí camino, sabiendo que estaba ya cerca de Tánger y de todas esas historias de mi infancia y juventud. Me acuerdo que cuando vivía en Buenos Aires, en mi juventud, una expresión común para indicar que una persona estaba al “fondo del hoyo” era decir que iba a “terminar en una zanja en Tánger”. Eso era porque los cómics de la época, esos de detectives y crímenes y aventuras de antes que llegara la tele, en su ultimo cuadro pintaban siempre al “malo de la película” (que afortunadamente siempre perdía, no como ahora), muerto, en una zanja, con el brazo estirado y la mano retorcida en un espasmo final. Nosotros, todo lo que hacíamos, era solamente ubicar la escena…en Tánger…ese lugar perdido en el mapa, del que solo me separaban ahora 20 kms de un paisaje hermoso, colgado de una montaña, bañada por el mediterráneo y mirando de frente a Europa, casi con orgullo. Llegar a Tánger, por lo menos por la Ruta de Tetuán, es una verdadera desilusión! Uno que pensaba en llegar a esas calles tortuosas con gente en las zanjas con los brazos extendidos y las manos crispadas, se encuentra con lo que vi: Edificios súper modernos bordeando esas playas súper sofisticadas, en fin nada que ver con lo que tenía en mente. Recorrí esa parte de la ciudad en silencio ya que me encontraba en un lugar que no tenía nada que ver con nuestros sueños de juventud romántica. Esa parte de Tánger es to-tal-mente moderna. Pero no moderna, moderna. Es moderna como Dubai, como Singapur, en fin; muy pero muy moderna. Y uno entonces se pregunta: ¿Y que pasó con el Tánger de la “zanja”, con el Tánger de esas películas de los 50 que hicieron historia?... Afortunadamente existe la paciencia y la perseverancia… Seguí mi camino hasta que llegue al puerto donde por lo pronto me perdí. Me perdí en sus callejuelas y recovecos por donde apenas podía pasar el carro. Y así, de repente, me encontré con un mundo totalmente diferente…el mundo que yo esperaba: Tanger, o Tingis (Tanjah en arabe), ciudad fundada en el siglo V A.C. por Fenicios de Cartago, usando el nombre de Tingis o Tinga, diosa muy popular entre los bereberes de aquellos tiempos (lo que demuestra que estos estaban ahí antes que nadie más), diciéndome “¡aquí estoy con toda mi historia y mi fascinación! Y ahí me encontré con Tetuán, con Rabat, con Fez con todo ese Marruecos que había estado recorriendo. Ahí estaban las películas de los 50 la gente en la zanja con el brazo estirado…y la arquitectura francesa de la colonia junto con la influencia española de fines de la colonia. Porque Tánger es todo eso, es Humphrey Bogart, la legión extranjera y Gauddi en una sola película…y eso es lo que hace el “charme” de Tánger…como siempre. Tánger, si Neruda lo hubiese conocido, seguro que habría escrito un poema sobre el. Si, porque Tánger se parece de alguna manera a Valparaíso. No solo por las montañas que caen directamente sobre el mar dejando apenas un par de calles de plano para asentar el puerto, sino por ese aspecto arrabalero de sus calles colgadas en cerros cargados de leyendas, historias y misterios. Todo es posible en esa ciudad…o a lo mejor no. Pero sin conocerla a fondo, y sin haber vivido ahí, todo parece posible. Por eso, cuando uno recorre sus calles uno no puede dejar de imaginarse historias, que son por lo demás confirmadas por el ambiente que en ellas se respira: Trafico de droga, trata de personas, de emigrantes clandestinos y otras que hacen a su fama desde la antigüedad. Pero, como todas las cosas, Tánger tenía que quedar atrás… Así que seguí mi camino regresando a Rabat, dándole la vuelta al cabo, la punta, el lugar donde el Atlántico se encontraba con el Mediterráneo: el Cabo Spartel y las Columnas de Hércules, que ese era el nombre que los Griegos le dieron a Gibraltar en la antigüedad. Ya había salido de la fascinación del mediterráneo y me encontraba nuevamente mirando las costas de América, desde la otra orilla. Marruecos finalmente no es nada de lo que uno se podría imaginar: no hay camellos y no es verdaderamente desierto. Tiene nieve pero no para esquiar. ¡Y ciertamente no son árabes, pero ni por asomo! Son poblaciones que tienen sus raíces pero mucho, mucho antes que los árabes existieran como pueblo o nación. Ahora, lo más interesante es que todas esas mezclas crearon lo que ahora es Marruecos… Y lo más interesante aún es que todo eso que es Marruecos es lo que paso a España y se quedo por 5 siglos, creando eso que es lo que vino a conquistarnos a América; un pueblo mucho más rico en cultura que lo que podríamos sospechar por lo que llegó aquí. Sin embargo, en todo caso para mí es seguro, pero segurísimo que regresaré a Marruecos a explorar esa misteriosa, aún, parte de mis raíces.

En Tetuán: se escribe en español, se lee en árabe y se habla en francés: así es Tetuan

Básicamente Tetuán es una ciudad Española en la costa norte de Marruecos, colgada en la montaña, mirando el Mediterráneo. En esa región conocida bajo el nombre el Rif, la montaña es una roca calcárea de dramática sequedad, como en Grecia, haciendo más conmovedor y hermoso el contraste con ese azul tan especial del Mediterráneo cantado por Serrat. Además ese lugar tiene una calidad de luz muy especial, descrita y captada por el pintor De Lacroix quien venia especialmente a Tetuán a pintar… Extraño lugar donde los letreros en las calles, (incluyendo las señales de transito) están escritas en español, se lee árabe (que es el segundo idioma en el que están escritos los letreros) y se habla francés. No conozco mucho los detalles de la historia antigua de Tetuán. Se que nunca fue formalmente colonia española, pero aun así, me imagino que por estar tan cerca de Ceuta (o Sebta, como se escribe localmente) a 20 Km., que sí es aún un enclave español, la influencia del mundo peninsular esta ahí. Todo el mundo habla español y la arquitectura es totalmente influenciada por la construcción española. Es como estar en Barcelona o en alguna otra ciudad mediterránea. Aunque debo confesar que desde Tesalónica, Alejandría, Marsella, Argel y otras, las ciudades del mediterráneo tienen algo muy especial que las une en una raíz, una identidad común. Tetuán no escapa a la regla. Esta ciudad de unos 300 mil habitantes era hasta hace unos 5 años atrás un pueblo dormido, acunado por las montañas que la rodean y sus sueños de pasadas grandezas. Hasta que hace unos años atrás por ahí paso el rey, el nuevo rey, el joven rey. Cuenta la historia que al pasar por ahí la primera vez, y ver la ciudad sucia, vieja y descuidada, mando llamar a las autoridades y les dio el sermón del siglo, amenazándolos con el fuego eterno si la ciudad no se ponía al día. Y esto porque el estaría pasando muy seguido por ahí, porque Tetuán queda precisamente en la ruta que toma el rey para ir a uno de sus palacios de verano, al borde del mediterráneo a hacer jet ski! Así que no quedó más que ponerse a trabajar y trabajar para hacer de Tetuán la hermosa ciudad blanca, con su centro español antiguo, su medina y sus barrios modernos que ahora aparecen impecables ante la mirada del rey que sigue circulando por ahí para hacer jet ski. No hay ni un solo papel tirado por las calles de la ciudad, crimen que seguramente se debe pagar muy caro en ese lugar. Estuve dos veces en Tetuán; la primera, en viaje oficial, acompañado y guiado por mis colegas del ministerio de educación. Ahí me enseñaron la ciudad, me revelaron las anécdotas e historias que hay que saber y me contaron sobre la medina, el cementerio judío y las artesanías que ahí se podían encontrar. La segunda vez fui solo, porque quería poder conocer más de cerca ese lugar que me fascinara. Y así fue. En mi primera visita fuimos a la medina, entrando por una estrecha puerta que te lleva directamente a la parte del mercado de frutas, verduras y carne, de la medina y de ahí enseguida asomo un guía que nos paseó por esta ciudad dentro de la ciudad y nos llevo a unas tiendas de artesanías donde conocí las alfombras de “sabra”, una tela hecha ni más ni menos que de las hojas del agave (o aloe vera), planta con la cual hacen tequila en México y alfombras en el Rif de Marruecos. La segunda vez entre solo a la medina, que al decir de uno de mis acompañantes en el primer viaje, es un “laberinto de calles llenas de gente”. Normalmente dicen que un extranjero no puede ni debe entrar solo a una medina porque seguro que se perderá. En realidad no es tan cierto, luego de mi experiencia en Fez y sabiendo la lógica que organiza y ordena a una medina, bueno fui poco a poco encontrando mi camino hasta llegar a la famosa tienda de las alfombras de “sabra”. Curiosamente y a pesar de haber entrado por la misma puerta que la primera vez y de haber estado buscando un guía activamente, ninguno apareció. Era como si el destino lo hubiera hecho a propósito… esto de mandarme solo a confrontar ese lugar. Si hasta los señores de la tienda, que se acordaban de mi, se mostraron admirados que hubiera llegado hasta ahí solo ¿Suerte? ¿Destino? Un poco de los dos talvez. Otro de los lugares mágicos de esa medina es el cementerio judío. Este es un cementerio pequeño pero lleno de historia ya que ahí vinieron a parar una gran cantidad de los judíos que fueron expulsados de España por los reyes católicos, y de ahí luego emigraron a América: Venezuela, Colombia, Ecuador y otros países. Tanto es así que anualmente llegan unos 15,000 visitantes de América Latina a recorrer las tumbas del cementerio en búsqueda del nombre de algún antepasado enterrado ahí. La ciudad moderna es otra joyita. Una joyita arquitectónica de lo que es la concepción moderna de esta, sin perder el sabor mediterráneo, ni la identidad cultural marroquí, o del Rif, esas montañas, que con su presencia imponente, encuadran el lugar, forzando a pueblos y ciudades a colgarse de sus abruptas laderas y pintare de blanco para poder ser distinguidas del paisaje. No es de extrañar entonces que la comida consista, básicamente, de platos como la paella, las sardinas en aceite de oliva, el pescado frito y una infinidad de platos y platillos que nosotros consideramos típicos de la comida española. ¿Quien se los habrá dado a quien? Según el dueño del restaurante “Restinga”, donde fui a comer varias veces, ya que era un típico y pequeño restaurante de barrio atendido por un hombre con cara de chef de restaurante de barrio, fornido, un poco pelado, con bigote y una generosa panza con la que anuncia su llegada a la mesa, en la región, donde pasó tanta gente (se me olvido decir que desde la costa que da sobre el estrecho de Gibraltar, España se ve a 8 kilómetros de ahí) necesariamente las comidas quedaron y se mezclaron y dieron esto que hay ahora y que no se puede decir a ciencia cierta de donde es… Tal vez el encanto de Tetuán es que no solamente nada se sabe muy bien de donde es, sino que también uno tiene la sensación de estar en un lugar donde todo el mundo es de todas partes. Es parte del encanto del mediterráneo, esa parte del mundo donde a mi parecer esta germinando una nueva forma de conciencia de la humanidad. En efecto, esa curiosa mezcla de idiomas y de culturas, todas conviviendo armónicamente las unas con las otras, hasta finalmente desarrollar algo más que una convivencia de culturas sino una cultura nueva, más universal, esta generando algo nuevo, indescriptible todavía, pero donde se siente un cierto potencial de futuro. La energía en todo caso es muy linda. Por ejemplo, conversando con el alcalde de la ciudad, poco a poco me fui dando cuenta que nunca me hablé en términos de un determinado “nosotros” que es lo que frecuentemente encuentra uno, más aún luego de mi experiencia en Sudan. Nunca hubo un “nosotros” los árabes, los franco parlantes, los blancos, los esto o lo otro. Todo el tiempo se refirió a una comunidad e incluso ni siquiera a la comunidad de la ciudad, sino a cosas que pasaban en la región y del otro lado del estrecho (o sea España) como una cosa de la cual todos eran parte porque todo eso era lo que conformaba esa unidad e identidad regional, sin mencionar grupos, limites o algún otra cosa que hiciera pensar en algo cerrado. Todo en el indicaba apertura y generosidad como una actitud de vida en su función. El mediterráneo, que talvez saben ya, esta tratando de estructurarse como una unidad geopolítica, algo así como la unión de los países de la cuenca mediterránea, tiene esa característica, salvo en la dolorosa herida abierta en el borde que da a Palestina e Israel. Pero, ¿Será algo así que necesitamos desarrollar en otras partes del mundo? Por ejemplo, ¿porque en América Latina, a pesar de las muchas cosas comunes que compartimos, no hemos podido llegar ni remotamente a ese sentimiento de continentalidad o de algo mayor que la óptica pequeña y reducida de nuestros países e incluso regiones? ¿Que es lo que nos falta? Y más importante aún, ¿Por qué nos falta? Tetuán finalmente resulto ser la puerta a un mundo nuevo que recorrería en los días siguientes; toda la franja que de ahí llega a Tánger, recorriendo el Estrecho de Gibraltar.