17 de septiembre de 2009

Carlos, o la vida en un hotel

No todos los hoteles son iguales; hay hoteles y hoteles y eso no tiene nada que ver con el precio ni con la categoría…bueno, no del todo.
En general siempre llegamos a hoteles de primera categoría, aunque dependiendo del país el concepto de primera categoría puede variar. Cuando vamos a USA o a Europa nos ponen en hotelitos de tercera, pero que entran dentro de lo que seria el viatico de un hotel de primera categoría, pero en Nairobi. En el medio oriente no hay nada que hacer, te tienen que poner en uno de primera categoría al precio de país petrolero, es decir, súper costosos, y además tienen que cruzar los dedos para que no vayan a hacer explotar una bomba… Lo que hace que los que ya conocen esos lugares (los consultores me refiero), por decisión propia se vayan a hoteluchos de tercera para estar lejos de las bombas. Después están las “ciudades inteligentes” como El Cairo, Rabat y me imagino que muchas en Asia, donde los hoteles de gran categoría, como el 4 Seasons de Cairo, te negocian tarifas que están dentro del viático con el fin de atraer el turismo de negocios (ya sabemos a esta altura que la asistencia al desarrollo también entra en la categoría de negocio), donde nosotros también estamos incluidos. Y luego están los ciudades “avivadas” como Monrovia y algunas otras en África donde por un hotelucho de tercera, pero considerado por ellos de primera, te cobran precios usureros, los cuales corresponden exactamente al monto del viático que te da la organización y que no tiene nada que ver con el nivel y calidad del servicio, si de servicio se puede hablar. Y finalmente esta América Latina, extraño continente, donde los hoteles de primera te dan servicio de primera a precios razonables, y los de segunda te dan servicios de segunda por precios irrisorios. Y por supuesto las pensiones que no cobran casi nada y tampoco dan servicio por supuesto, pero muchas veces te brindan un acogedor clima de amistad. Entonces aquí, donde estoy ahora, el tema es el tipo de servicio de primera que te dan. En general la calidad de las habitaciones es estándar: no muy grandes, no muy pequeñas, buen baño con buena ducha, millones de toallas de las cuales uno usa una o dos, heladerita, teléfono y televisor con los mismos canales de siempre, donde obviamente predomina CNN (aunque aquí también hay Telesur, el de Chavez, que en realidad es Aljaezira en español). Me imagino que la real calidad esta dada por el hecho que en esos hoteles mantienen a raya, es decir fuera de la vista, a las cucarachas y otros insectos indeseables, los cuales, en el mejor de los casos, tienen acceso solo a las escaleras y aéreas de servicio. Los precios son razonables, aunque se desquitan en el comedor, el bar y el servicio de lavandería. La piscina puede ser grande o pequeña pero siempre, más que una superficie de agua, es un depósito de cloro que te hace correr el riesgo que te arresten en la calle por estar trabado, si sales del hotel inmediatamente después de haberte bañado. A todo esto se le llama “Confort Americano” lo cual hace que en general el menú reproduzca todas las taras de la alimentación gringa, incluyendo el kétchup hasta en la sopa. Pero nunca dejan de tener un día a la semana en el cual ofrecen el “menú típico”, que es básicamente comida nacional, presentada, elaborada y sazonada como para que la coma un gringuito sin chistar y sin caer enfermo… Entonces, ¿que es lo que hace que un hotel se te quede más en el corazón que otro y que uno tenga ganas de escribir sobre el? Ciertamente no es el Camino Real de Ciudad de Guatemala, al que con un amigo llamamos “The Gran Central Station” porque nos recuerda a la estación de tren de Nueva York: todo el mundo pasa por ahí, nadie te conoce y aunque estés ahí uno o dos meses de corrido, nadie te saluda. Bueno, este hotel en el que estoy en San Salvador tiene ese algo especial que lo hace a uno sentirse un poco más a gusto y ciertamente no en la estación de tren: ¿será alma? Aquí lo que conseguimos, porque íbamos a estar dos meses y necesitábamos salas de reunión, fue que nos hicieran un precio para ocupar habitaciones en el “Piso Ejecutivo”. Un piso ejecutivo es ese último piso del edificio, donde uno tiene que acceder con una tarjeta especial del ascensor y donde uno paga mucho más por casi el mismo servicio. Las habitaciones, son las mismas. Solo que tiene un “lounge” donde puedes tomar desayuno y en la nochecita un “happy hour” al que todos van porque es gratis. Bueno, en realidad, eso lo pagas en el costo de la habitación, ya que por supuesto esto es un negocio rentable, no como el de la asistencia para el desarrollo. Así que este famoso piso ejecutivo sería uno más, si no fuera por Carlos, la persona que atiende ese lugar. Carlos es un hombre de mediana edad, con aspecto distinguido, y que cuando uno lo ve, tiene la impresión que se ha dedicado en alma y vida a servir a los demás. Pero no a servir en el sentido servil de la palabra, sino a servir en el sentido superior que ya se quisieran muchos “servidores públicos” poder dominar. El primer día de estadía pregunta, muy discretamente, en que habitación estás. Me dijo: “no necesita decirlo tan fuerte, es solo para mi”. Y al día siguiente te saluda por tu nombre y titulo y pregunta por la familia, casi nombrando a cada uno de tus próximos y se acuerda exactamente como quieres el café. Ahí arranca una relación increíble de intercambio donde finalmente uno, especialmente al final del día, le cuenta como le fue, a quien vio (personalidades, ministros etc.) y el comenta diciendo: “si, cuando yo lo tuve sentado aquí en mi lounge, me dijo lo mismo”. Por supuesto Carlos, en el lounge de uno de los hoteles de primera categoría de esta ciudad, ha tenido “sentados ahí” a la Reina Sofía, al presidente de este país, a Cheney, a Bush y a unos cuantos más que iré averiguando a medida que pasen los días, las conversaciones y mis estados de ánimo. El también tiene sus confesiones: es un casi-doctor en medicina, como el taxista que nos moviliza a diario que es licenciado en administración de empresas, y muchos otros casos así en nuestras realidades tercermundistas, que vivió en los “estados” o el “norte”, como la mitad de la población que aun reside en este país, que ahora tiene esa pasión por lo que hace, como casi nadie de la gente que vive en este país. Y a partir de ese intercambio nos embarcamos no solo en conversaciones filosóficas –ojo, porque el no es ni taxista ni peluquero- sino en intercambios profundos sobre cosas tales como… ¡los vinos! Cuando supo que yo era francés, entre otras cosas, y conocedor de vinos -por no decir consumidor-, nos embarcamos en un interminable diálogo sobre las cepas, los tipos de vinos etc., todos temas que amamos profundamente. Es esa “atmosfera” lo que ha creado el “club del séptimo piso”. El club del séptimo piso somos todos aquellos que estamos atrapados en este lugar porque tenemos que estar aquí: hay la señora que esta con el marido, me imagino que porque tienen un chiquito de dos añitos que el quiere ver crecer; esta la señora española que acompaña al marido porque seguramente los han trasladado aquí y buscan casa; están los venezolanos que vienen a ver como pueden invertir plata aquí, están los argentinos de turno, y la señora colombiana que le dice a Carlos: “hola, y uste porque se contorsiona tanto para servirme un café, ve”. Si no fuera por el club del séptimo piso nunca me hubiera enterado que la semana pasada hubo una alarma de incendio (que me perdí por estar viajando por el interior del país), donde todo el mundo tuvo que salir en pijama, bajando por las escaleras, para finalmente descubrir que había sido una broma de los muchachos que estaban alojados aquí, participantes del campeonato juvenil de karate que se llevo a cabo en San Salvador. Y por supuesto están los chicos del la recepción quienes me dicen: “buenos días, como esta Sr. Rodríguez”, uno solo dice como le va, y saludan y sonríen y todolodemas. Y también esta Katia, o Katie o como se llame quien me sonríe de tal manera que todos los días hace salir el sol…a pesar que le he contado todo sobre mi vida, mi esposa, mis hijos y del hecho que voy a ser abuelo la próxima semana… Y finalmente eso es lo que uno quisiera de un hotel, pero que nunca consigue: algo que te haga sentir que existes, en medio de este mundo del viaje donde finalmente uno no es nada…Y sino pregúntenle al personal de las líneas aéreas que fueron entrenados, a mi parecer, precisamente para acabar con tu ego. ¿Sera que después de todo ellos son los verdaderamente Zen?

El Salvador: un país sin memoria

Cuando uno llega a El Salvador, inmediatamente sabe que es un país que tiene algo que vender… Desde que uno llega al aeropuerto, lo hacen caminar por un pasillo interminable donde se suceden, una tras otras, todas las tiendas de cosas que se venden en un aeropuerto: Gucci, Dior, Sony, St. Laurent…Todas las marcas están ahí; todas las cosas están ahí. Me imagino que será para facilitarle la tarea a las masas de retornantes que vienen cada año a pasar fiestas o vacaciones con sus familias en El Salvador. Sí, porque la mayor fuente de ingresos del país siguen siendo las remezas de los millones de salvadoreños que viven principalmente en los Estado Unidos. Así que, también imagino, que para hacerlos sentir como en casa, San Salvador es una ciudad construida a imagen y semejanza de una ciudad gringa, no se si en California o en Miami.

La llegada es más bien cordial, salvo que en el escritorio del agente de inmigración te cobran US $10 por la visa, y si les pagas con uno de $20 no tienen cambio. Pero, en este caso, son los mismos agentes de la aduana los que van a buscar el cambio y no como en otros lugares que todos conocemos bien, donde es uno el que tiene que ir a buscarlo.

El aeropuerto queda a 40Kms de la ciudad lo cual, para un país como este, es casi como cruzar todo el país. Si. Porque El Salvador es pequeño…aunque sus habitantes no lo vean así. Cruzar todo el país de este a oeste son solo 200 Km., pero para los habitantes de esta nación liliputiense –según los cánones latinoamericanos- esas distancias son inmensas y dicen que se necesitan dos días para recorrerlas por carreteras que son una perfecta imitación de las carreteras gringas del norte.

Lo verdaderamente diferente es que ahora no te disparan cuando uno va por la carretera del aeropuerto a la ciudad. Había estado diez años atrás, donde tampoco disparaban pero nada garantizaba que no lo hicieran, pero hace 20 si disparaban y había que andarse con cuidado. Recuerdo que estuve en el famoso hotel Sheraton que se tomo la guerrilla como a finales de los años 80, pero esta vez –distinto a Rwanda, conseguí salir de ahí solo 2 días antes que eso sucediera. Ahora todo el mundo sabe lo que paso y es interesante, porque te cuentan que todo fue una serie de cosas que no funcionaron, malentendidos, etc. Aparentemente no querían secuestrar a nadie, pero terminaron haciéndolo porque “no les quedo más remedio”… Esas son las cosas interesantes de los países en post-conflicto: que todo el mundo finalmente se conoce y todo el mundo sabe lo que paso.

Lo cierto es que ahora, aparentemente, esta ciudad es tan tranquila como cualquier otra ciudad de América Latina (o sea que hay que andar prevenido por ahí), a pesar que los taxistas del hotel recomiendan no salir a pie ni a la esquina, sino en taxi. Me pregunto por qué será. La ciudad esta situada a una altura de 600 metros, lo cual hace que el clima se más fresco que en la costa, rodeada por montañas pequeñas y al pie de un volcán que a pesar de tener un nombre propio (volcán de Quezaltepec) todo el mundo lo llama “el Volcán San Salvador”. Tanto es así que esta poblado con casas suntuosas, hasta media altura, y coronado por antenas de televisión, que algún día bajarán por sus laderas en forma de acero fundido a causa de alguna posible y futura erupción. Porque, como todos sabemos, en la tierra no hay volcanes apagados, solo dormidos.

Aunque no he recorrido mucho la ciudad, en apariencia todo es lo mismo: mal tras mal, y todos muy al estilo gringo (o yanqui como dirían en el sur), con gente que supuestamente ha estudiado “business development”. Como me decía la recepcionista del hotel “todos estudiamos eso porque nos dijeron que eso era lo que deberíamos hacer en el futuro; manejar negocios… pero aun no ha llegado eso al Salvador”…

Y si, porque El Salvador es un país que se construye; un país que ha salido de la guerra ya hace tiempo, o poco tiempo (porque 20 años no es nada) e intenta convertirse en algo; algo que no solo tenga sentido para la gente que vive aquí, en esta réplica de Los Ángeles o San Diego, y el resto de gente que son una replica de nada, que solo viven la misma vida campesina que siempre vivieron, pero que tienen familiares viviendo en el “Norte” (pronúnciese con acento gringo), y reciben todo los meses su remesa, claro, salvo en navidad donde llegan con la remesa en la mano. Por eso no es de extrañar los tres avisos que vi en el camino desde el aeropuerto a la ciudad, de tres diferentes compañías ofreciendo lo mismo: “lo que quieras comprarle a tu familia desde los Estados Unidos, nosotros se los traemos para acá”.

Bueno, en realidad no se para que se molestan en traer las cosas cuando muchas de estas ya están acá. Porque aquí están los Mall (Centros Comerciales) con las tiendas gringas, los productos gringos, casi mismito como si estuviéramos allá. Me imagino que eso es para que los que retornan no sientan nostalgia del norte. San Salvador es una Miami chiquita, o más bien una California chiquita que es la que esta más cerca de aquí y adonde se va la mayoría de la gente que emigra al norte. Es una ciudad que uno no se imaginaria, sobretodo si nos dejamos guiar por los estereotipos que en el sur tenemos sobre Centroamérica: países pobres, ciudades pequeñas, coloniales y rurales. Pues aquí no se ve nada de eso. La ciudad, muy bien organizada, a lo gringo, con calles amplias, arborizadas, casas tipo chalets con grandes jardines, algunos edificios aunque no muchos, pero si muy modernos, y centros comerciales y más centros comerciales, todo a la gringo. Un centro de la ciudad propiamente no tienen. Hay uno pero que esta tomado por los informales, la basura y la inseguridad. Así que al centro no se va. Tampoco vale mucho la pena porque todo vestigio de arquitectura colonial ha sido metódicamente borrado por los terremotos, el “progreso” y la tugurización de la que ha sido victima a través de los años antes, durante y después de la guerra.

Curiosamente este país se ha ido quedando sin historia. No solo la desaparición de los vestigios de la colonia, pero también de su pasado pre-colombino. En una encuesta que vi en televisión con motivo de las fiestas patrias, ninguna de las personas entrevistadas en la calle fue capaz de dar nombres de los próceres patrios, o la letra del himno a la bandera, aunque todos si iban a festejar en el feriado del 15 de Septiembre. ¿Sera que también festejan “Labour day”, Halloween y Thanks Giving Day? Tampoco tienen símbolos nacionales que podrían formar algo así como la base de la identidad; la música, la comida o el folklore. De hecho hasta hace poco tampoco tenían un Ministerio de Turismo! Solo tienen un producto nacional que los identifica claramente: las “Maras”, esas pandillas de muchachos que fueron deportados de los “Estados” (como le dicen aquí) y llegan al país a reproducir sus modelos de comportamiento y sus redes de solidaridad. Pero aquí, con odio, me imagino que odio a los locales y odio a la situación de tener que vivir lejos de su norte, sin poder regresar… Bueno, por lo menos legalmente, porque estos son en su mayoría nacidos en USA, pero desterrados en El Salvador. Como dirían aquí: “Vaya pues, que ironía mas cabal”.

¿Que si la guerra ha dejado huellas? Bueno, si las ha dejado, pero 20 años de paz le hicieron cirugía plástica de tal manera que ahora no se ven como se veían 20 años atrás. Todo ha recibido una capa de pintura, hasta la historia, y ahora las cosas no se ven de manera tan atroz como se las veía antes. Sobretodo porque ahora los “muchachos” están en el poder. Bueno, no se si tan en el poder como en el “querer”; porque en 100 días de gobierno han querido hacer mucho, pero como de costumbre, no lo han podido hacer. Pero ahí van. Ojala que esta monumental tarea que les espera por delante, recuerden que también tienen que recuperar la memoria.

25 de abril de 2009

Más letreros que obras: tras las huellas de Tarzán

Luego del fin de semana salimos al alba hacia un nuevo destino, la “ciudad” de Zorzor en el extremo oriental, junto a la frontera con Guinea. No sabíamos exactamente la distancia, porque aquí los trayectos se miden en horas y en días, no en kilómetros. Llegar a Zorzor nos llevaría todo un día. Luego descubriríamos que ¡solo habíamos recorrido 150 kilómetros! Si Kakata parecía un pueblo, al comenzar a pasar otros asentamientos más pequeños, nos dimos cuenta que Kakata, en efecto, era una ciudad. La diferencia es que todo lo demás era básicamente hecho de barro crudo, a la vista, y no revestido, pintado y decorado como en aquella “ciudad”. A medida que avanzábamos, nos internábamos más y más en una espesa jungla donde, de cuando en cuando, aparecían pequeños caseríos de barro con una escuelita de cemento y una infinidad de letreros de ONGs y otras organizaciones internacionales publicitando sus obras. Más letreros que obras, por supuesto. Sin embargo aun estábamos en un camino pavimentado; aun estábamos en lo que se podría llamar “civilización”. La civilización duro hasta que llegamos Gbanga, una ciudad que dice ser, es la más grande de esa región. Habrá que creerlo, porque nada cambió sustancialmente; eran las mismas casas de barro pero muchas, muchas juntas, una al lado de la otra. Lo que si cambio fue que, desde ahí, abandonamos la carretera pavimentada para entrar en lo que, luego aprenderíamos, serian las rutas normales en Liberia: Caminos de tierra. Ese seria otro mundo: Un mundo mucho más coherente con lo que es este país. Fuimos atravesando en la carretera pequeños villorrios de casas de barro con techos de paja, pero que, de alguna manera, parecían mejor construidos que los que habíamos visto en la carretera. Con gentes y desde luego, con carteles, muchos carteles, de organismos de desarrollo y ONGs, publicitando lo que habían hecho ahí. Sin embargo lo que más impresiona es que la gente ahí se ve…viviendo, si, viviendo como seguramente lo han ido haciendo…desde la época de Tarzán, y mucho antes también. Las mujeres caminan con su carga en la cabeza; los hombres están sentados, mirando caminar a las mujeres con su carga en la cabeza y los niños, desnudos de la cintura para abajo, con el pipi al aire, aunque solo los varones; las niñas seguramente están recogiendo leña. Todo normal… Las mujeres con sus bellas “lapas”, que es como se llama aquí ese paño que se usan como faldas y que les cubre desde la cintura hasta el tobillo, con su carga en la cabeza y su bebé en la espalda, amarrado con otra lapa. Todo normal. Resulta curioso ver los contrastes en esa ruta selvática: el color marrón de las chozas de barro y paja, con alguna decoración en sus paredes exteriores, dibujos geométricos trazados con pintura blanca, negra o roja, el verde intenso de una selva sin colores que sobresalgan y las vestidos multicolores de las mujeres, incluso de los escolares, que aquí tiene que usar uniforme, generalmente pantalón o falda azul y camisa rosada! El uniforme se ve bonito, pero cuando uno se pone a pensar que una de esas familias tiene que gastar el dinero de varios meses de ingreso para costear el uniforme que les exige la escuela, una escuela que apenas se tiene en pie, donde no hay nada, apenas una pizarra y un profesor que apenas sabe leer y escribir, suena como absurdo, ¿no? Cuando uno ya se ha empachado con la primera impresión, entonces se comienzan a ver los detalles. Y el que primero saltó a mi vista fue el hecho de que esas mujeres, con sus bellas telas, andaban por la carretera ¡descalzas! Un par de chancletas, de esas de goma, parece ser el colmo del lujo por estos lados. Solo las llevan la gente que circula por los pueblos y ciudades. La otra cosa que llama la atención es que no se ven cultivos. Estos pueblitos o villorrios están constituidos por un conjunto de casas, más o menos amontonadas, en un espacio claramente arrebatado a la selva, donde no hay nada más que chozas de barro y paja, piso de tierra con hornos de barro y bateas, morteros de madera, vasijas de plástico para el agua y una que otra olla de aluminio o un metal que parece de fundición… y niños, muchos niños que corren descalzos y semidesnudos entre las chozas de barro. El conductor que nos llevó, originario de esa región, nos contó que en esos pueblitos los cultivos son escasos, y de supervivencia unas matas de casabe (nuestra yuca), y de maíz complementados por las frutas que puedan recoger de la selva (se ve mucha palma, papaya y mangos) y la carne que puedan cazar. También nos contó que en esas comunidades aún persisten tradiciones mágicas ancestrales, como la de los hombres que en la noche salen a la selva y se transforman en panteras o serpientes u otros animales, de acuerdo al “tótem” de su tribu de origen; todo esto dicho muy seriamente, sin sonreír. No había más que creerle. Y así llegamos a Zorzor, la ciudad fronteriza con Guinea, que, según nos habían dicho, era una capital regional. Por supuesto no había ni una sola calle pavimentada. Estábamos en lo profundo de Liberia. Pero tampoco había ni una sola casa en pie. Todo en ruinas; una que otra pared acribillada de balas, la torre de comunicaciones de la radio local retorcida, mirando al suelo, y una multitud de casitas, dignas de una villa miseria cualquiera en nuestro continente, constituyen la parte urbana de esta ciudad. Eso si, una de esas “casetas” tenia un letrero que decía “Sastrería modelo”, otra “Universal telecenter”, “Business center”, se reparan computadores, etc.etc. Ahí aprendí una palabra nueva:”Lapa Bido”, refiriéndose a los restaurantes que encontramos ahí. Básicamente se trataba de una de esas casetas que tenía por puerta una “lapa”, esas telas multicolores, para hacer más discreto su interior. Nunca entramos porque las condiciones de higiene que vimos nos lo impidió: sin agua, la cocina un fuego de leña en el piso y platos de plástico donde se servía la comida, sin utensilios, lavados en el agua de un balde en el piso. La comida: el menú de siempre; arroz con hojas de casabe cocinadas en una salsa picante y alguno que otro pedacito de pollo o pescado de rio con todo y espinas. Esta capital provincial esta situada en lo que me dijeran, era una de las regiones agrícolamente más ricas del país: Aquí se cultiva caucho, palma, cocos y cacao, en general para la exportación. Además la proximidad con Guinea al este y Sierra Leona al norte, apenas a minutos de ahí, hace de este lugar un dinámico centro comercial. Y sin embargo… La pregunta que se imponía en ese momento era: será que siempre fue así, o es que aún no se ha podido reconstruir? Y la respuesta de todo el mundo era que no, que no siempre fue así, sino que las diferentes fuerzas beligerantes en esa guerra interna, esa guerra civil, simplemente se dedicaron a destruir sistemáticamente todo rastro de civilización occidental, como si hubiesen querido borrar todo recuerdo de algo que obviamente no querían ver más. Y sin embargo no pude percibir dolor en la expresión de esa gente, sino mas bien algo así como una profunda desesperanza, como preguntándose: “Que será lo que tenemos que hacer para tener un futuro?” Como no encontramos donde dormir esa noche (en realidad no había donde) nos fuimos hasta el Instituto de Capacitación de Maestros que íbamos a visitar de todas maneras. Nos alojaron en una de las casas que tenían para los profesores del instituto: un lugar sin muebles, sin luz y sin agua. La sola ventaja es que en esa casa había dormido la presidenta del país cuando se inauguro el instituto un año atrás. Claro, pero para la ocasión pusieron una cama. A nosotros nos toco dormir a ras del suelo… Al día siguiente salimos a visitar escuelas. Lo mismo que habíamos visto antes, pero esta vez me toco tener una conversación con el presidente de la asociación de padres de alumnos en una de estas escuelitas: Interesante discusión; hablamos de lo que hacían y lo que no hacían. Hablamos de la gente cultivando y exportando materia prima; que el cacao, que el caucho, que el café y el aceite de palma. Entonces yo le conté lo que había sucedido en Ecuador, donde con los mismos productos y cooperación extrajera se había logrado no solo elaborar esta materia prima sino que también mercadearla hasta tal punto que hoy en día en los supermercados en Europa y en USA un puede comprar chocolate con la marca “Ecuador” y café también con marca particular. Y aunque no lo crean me escuchaban como si yo fuera el profeta Elías contándoles una historia. Todo el mundo convencido que “that’s the way we have to go…!” La última aventura que nos esperaba fue que nuestro carro quedo en pana saliendo de un colegio. Se le fregó el alternador. Por suerte apareció un jeep de otro proyecto que nos arrastro a la ciudad, pero para seguir nuestro itinerario de visitas necesitábamos un taxi. Y bueno, si, hay un taxi en Zorzor, pero solo uno. Y lo tomamos a precio de gringo, para seguir nuestro dia. No les cuento cuanto nos conto, pero hay mas de uno que se hizo la “America” en Africa”.

Kakata: del país inventariado, al país real

Salir de Monrovia toma más de una hora. No porque la ciudad sea muy grande sino porque solo hay una calle que permite salir, y esta pasa por el “red light district”. Lo de luz roja no es por lo que normalmente se piensa (bares y burdeles), sino porque ahí esta el único semáforo de la ciudad. Y es en ese semáforo, lugar donde llega todo el transporte que viene del interior (taxis y no buses, porque aquí no hay buses), donde se juntan los viajeros con la gente que les quiere vender todo lo que no encuentran en sus pueblos. Y entonces se arma un lio de padre y señor nuestro donde uno anda a paso de hombre (o mujer) durante media hora, para recorrer las 5 cuadras que tiene ese famoso barrio. Pero de ahí ya es ruta libre. Eso no significa que uno puede andar a toda velocidad porque, a menos que uno conozca todo y cada uno de los baches en la carretera, más vale la pena no arriesgarse. No se puede andar a más de 50 km/hora sin arriesgarse a arruinar la suspensión de la camioneta al caer a uno de los enormes baches. Salíamos hacia el interior del país a visitar escuelas y los famosos institutos de capacitación de maestros, los “bebes” mimados del proyecto de la AID. Kakata, situada a 60 Km de Monrovia, es una ciudad considerada casi peri-urbana con relación a la capital. Algo así como el “gran Monrovia”. Sin embargo, para recorrer esos 60 km, nos tomó una hora y media entre campos llenos de ruinas, producto de la destrucción causada por la guerra, y plantaciones de árboles de caucho. Resulta que este país es uno de los grandes exportadores de caucho de la región. No se como se sitúa en el esquema mundial, pero si se que la “Firestone” tiene plantas de acopio por doquier. Llegar a Kakata no fue difícil. Darme cuenta que estábamos en una ciudad, si que me costó. Esta ciudad, aparte del “gran Monrovia”, es un pueblo… Pero eso si, con hotel o casa de huéspedes como les llaman aquí. Llegamos al “LA-Best guest house”, el único lugar en la ciudad para recibir huéspedes de la comunidad internacional. Realmente era hotel y discoteca. Habitación con tv, aire acondicionado y baño privado. Pensé, “y bueno, esta bien…”. Solo que energía solo hay entre las 7 y las 10 PM, y el baño no tiene agua! Pero, como el servicio era de primera categoría (por lo menos te cobraban como si lo fuera), en el baño había un tonel de agua y varias “escudillas”, o sea jarritas, y un balde que servía para verter el agua sobre tus partes corporales y así poder bañarte de mañana. Bueno, no agua, no luz, pero lo que no sabíamos es que también era no comida… De eso nos dimos cuenta porque, llegada la noche, lo único para comer era… Arroz y cerveza… y mucha, pero mucha música que venia desde abajo, de la famosa discoteca. Claro que música a todo lo que daba, pero sin nadie ahí, sin nadie que consumiera. A tal punto que pensamos que toda esa música era para ver si nosotros bajábamos y consumíamos algo. Afortunadamente el generador que daba luz entre 7 y 10 pm, se apagaba puntualmente a la hora indicada, cosa que agradecimos profundamente, no porque se apagara la luz y el aire acondicionado, sino porque la música de abajo se acababa a las 10! La mañana siguiente nos mostró un panorama totalmente nuevo… Desde el balcón, el único segundo piso en la vecindad, podíamos ver a la gente en las casas, saliendo a sus patios a lavarse con la jarrita, y acicalarse para salir a sus obligaciones cotidianas. Todo lentamente, sentándose y conversando con sus vecinos. Nosotros hicimos lo mismo pero sin conversar con los vecinos… solo esperando el desayuno, cocinado a fuego de leña, donde el agua para el café tardo un siglo en hervir. El desayuno consistió en agua, jugo artificial en paquete, huevos, arroz con papas y pan de paquete, de ese plástico. De ahí salimos a visitar nuestra primera escuela, que no quedaba muy lejos de donde estábamos. Llegamos a un lugar donde un señor armado de un candado y una llave nos pregunto que necesitábamos. Luego de consultar con el director, abrió el candado y pudimos entrar. Resulta que la escuela se mantiene cerrada bajo llave para que los alumnos no se escapen, pero también para castigar a los que llegan tarde. Llegamos a la oficina del director, una sala sin nada en las paredes y con un techo a punto de derrumbarse y ahí tuvimos una extensa reunión, que más bien fue una confesión. Comenzamos por cosas triviales sobre la escuela (número de alumnos, profesores, etc.) Pero rápidamente la conversación se fue al pasado, a contarnos como había sido la escuela antes de la guerra, lo que había pasado durante la guerra, como había sido utilizada como una base de operaciones por parte de una de las facciones, luego un campo de refugiados y finalmente saqueada por la misma gente de la comunidad que se robó hasta los bancos. Y luego, después de la guerra, tuvieron que ir casa por casa a recuperar los bancos, los escritorios, todo marcado con el nombre de la escuela para la gente que ahora tiene a sus hijos estudiando ahí. La guerra, esa guerra que sirvió de pretexto para todas las cosas, para que la gente simplemente se volviera loca y perdiera todo sentido de comunidad, y que ahora todo el mundo intenta dejar atrás, sigue estando presente aunque nadie quiera hablar de ella…y todo el mundo la quiera olvidar. Me di cuenta de eso cuando el director simplemente dijo “no quiero hablar más de eso” y asomaron lágrimas en sus ojos. De las cosas que vi en esa escuela algunas llamaron mi atención. Una de ellas, en medio de las ruinas, fue un espacio, algo así como una pérgola, donde los alumnos se juntan a conversar y a discutir ideas (según ellos a dirimir asuntos) y que se llama el “Palava”, que significa “el lugar de las palabras” y que, según ellos, viene del francés “palabre” que significa discutir. No pude dejar de pensar que esa era una excelente idea: tener un lugar así para tener nuestras discusiones domesticas en casa… Pero lo que más nos sorprendió fue que ese colegio, tan dañado por la guerra, fue aparentemente reparado pero de tal manera que todo había quedad a medio hacer. El techo fue reparado a medias, los libros, todos quemados durante la guerra, no habían sido remplazados, la pintura seguía descascarada, los servicios higiénicos inexistentes, en fin, todo parecía haber sido hecho a la carrera, sin método y sobretodo sin completar. Recordé que en los inventarios de algunos de los organismos de la ONU encargado de la rehabilitación de la escuela, esta figuraba como “trabajo completado”. Salimos de ahí a visitar el Instituto Rural de Capacitación de Maestros, la “joya de la corona” del proyecto de la AID. Efectivamente era una “joya”. Impresionante las instalaciones; impresionante la gente; impresionante el compromiso de todo el mundo, profesores y estudiantes, para salir de ahí con la mejor preparación posible y ofrecer una mejor educación en las escuelas de ese país. Todo, fascinante… hasta que comencé a enterarme de toda la historia. En ese proyecto, fruto de la cooperación de varios organismos internacionales, todo estaba a medio hacer pero en los libros figuraba como “completo”, porque había sido inaugurado con poma y boato por las autoridades. El sector residencial para los profesores estaba inhabitado por falta de luz y agua, los estudiantes vivían hacinados en un dormitorio porque en el resto del complejo todavía no había ni luz ni agua, faltaba la comida, no había textos, ni nada, absolutamente nada más que el entusiasmo de la gente. “Bueno” me dije yo, “es un comienzo”…”no se pueden quejar que las cosas llegaran poco a poco”. Pero entonces me enteré de lo peor: ese lugar, en realidad, no había sido creado por el proceso de “reconstrucción” del país, sino que había sido rehabilitado. Ese instituto existía antes de la guerra, fue completamente destruido y había sido reconstruido por las agencias internacionales. Solo que la reconstrucción fue hecha a medias y lo que una vez fue, ahora no era ni la sombra de ese pasado. Todo lo que hubo antes fue remplazado por cosas de tercera categoría, y eso ahora era lo que la comunidad internacional le daba al pueblo de Liberia para enfrentar su desarrollo. Era inevitable no darme cuenta que estábamos frente a un problema: el de entender, exactamente, cual era nuestra concepción del desarrollo. Y eso que aún no entendía profundamente lo que había sido este país antes de la guerra… Y fue con ese sentimiento que regresamos a Monrovia, luego de enterarnos que los profesores no habían recibido sus sueldos durante un año, y que todo el mundo para mantenerse, tenia estrategias alternativas; segundo trabajo, trabajo del cónyuge etc. Pero que todo el mundo que trabajaba ahí solo quería seguir enseñando porque estaban convencidos que el futuro del país estaba en la educación… No pude más que compartir sus ideas, aunque no estaba seguro que esa convicción fuera compartida por los “poderes que rigen nuestro destino”, al menos en el planeta. Regresamos a Monrovia a pasar el fin de semana, con esa pesadumbre en nuestras mentes y corazones.

17 de marzo de 2009

Liberia: reiventando un país

Cuando se llega a la capital de Liberia, Monrovia, se aterriza en el aeropuerto internacional “Roberts” que ha estado ahí desde los años 60. Nada ha cambiado salvo el cajero automático ubicado a la salida pero que no funciona. En los 60 era nuevo. Ahora ya no lo es. Lo que tengo ante mi es un pequeño edificio de una sola planta y no más grande que una casa de familia, con una pista bien pavimentada, solo porque la guerra hizo que esta fuera re-pavimentada para que pudieran operar aviones y helicópteros de las NNUU, que aún se pueden ver estacionados por decenas a sus costados. Pero todo lo demás ha quedado igual, o sea las 3 casetas donde los funcionarios de inmigración revisan los documentos y la pequeña área donde llega el equipaje. Entonces imagínense lo que sucede cuando uno de esos aviones grandes de pasajeros aterriza: se arma un lío tal que duramos casi dos horas en salir de ahí. Como el aeropuerto queda a 56 kmt de la ciudad, nos acomodamos bien en la camioneta y nos dispusimos a conocer esta parte de África, a través de los vidrios oscuros del cómodo vehículo con aire acondicionado. Afuera el mundo bullía de gente aunque casi sin animales. La gente anda a pie y no a lomo de algún animal, como en los países árabes o los nuestros. Aquí, probablemente, los animales ya se los comieron todos. El camino, perfectamente bien pavimentado, nos llevó a través de arrozales y plantaciones de caña y banano hasta la ciudad. Monrovia comenzó a insinuarse en sus suburbios, los cuales, como todos los suburbios, un amontonamiento de casas construidas sin ton ni son, con basura en las veredas y gente apiñada en las calles vendiendo o comprando algo. De los suburbios llegamos, aparentemente, al centro de la ciudad donde ahora veíamos un amontonamiento de casas, construidas también sin ton ni son, con basura en las veredas y gente apiñada vendiendo o comprando algo, pero, con uno que otro edificio de 7 u 8 pisos totalmente en ruinas y con agujeros de balas en sus murallas. Hasta que finalmente llegamos a “Mamba Point”, el barrio elegante de Monrovia, donde se encuentran los 3 hoteles para “internacionales”, las oficinas de las ONGs y las embajadas. Y aquí, una vez más, encontramos un amontonamiento de casas, construidas sin ton ni son, etc.etc. Pero esa noche no nos toco la “suerte” de llegar a uno de esos tres hoteles porque, dada la urgencia de nuestro viaje, no se pudo reservar nada. Aquí la comunidad internacional hace cola para venir y la capacidad hotelera no alcanza para acomodar a tanto huésped. Así que tuvimos que ir a otro “hotel nuevo” pero dentro de una comunidad internacional diferente; la de los nuevos futuros dueños de este país: el hotel “La Gran Muralla China”. Y si, porque este lugar se esta llenando de chinos…de china… que ni siquiera hablan ingles. Desde la recepción todo es chino. Las tres recepcionistas negras vestidas con trajes típicos chinos, se veían bastante exóticas, pero los chinitos detrás de la recepción se veían bastante fuera de contexto. Las habitaciones, aparentemente bastante nuevas, ofrecían aire acondicionado, TV e Internet. ¡Lo que nunca nos dijeron es que los manuales para todo eso estaban en chino! Así que nos toco llamar a las recepcionistas, que tampoco leían chino, quienes llamaron a un chinito… que no hablaba ingles, para que nos pusiera a funcionar todo. En realidad la Internet nunca funciono y los canales de TV eran solo en chino, así que no quedo mas remedio que bajar al restaurante chino del hotel, mirar el menú en chino (que a Dios gracias tenia fotos que se podían mirar en español), ordenar con señales la comida al mesero chino, comer y pagar una cuenta que venia en chino, ¡pero con números en ingles! Porque eso si, los chinitos serán chinos pero cuando se trata de plata si se hacen entender. A la mañana siguiente, luego de ducharnos con una gota de agua y de desayunar en chino, salimos de ese lugar porque habían encontrado habitación para nosotros en el “Crystal View Hotel”, uno de los tres “paraísos” refugios de la comunidad internacional. No es que fuera radicalmente diferente de lo que habíamos visto en el hotel chino, pero por lo menos aquí si había agua corriente, Internet … más o menos, televisión … más o menos ¡e instrucciones en ingles! ¡Ah! Y vista al mar… Hay que decir que en un lugar como este tener esas cosas es un lujo. Una ciudad en la que el sistema de agua y alcantarillado fue totalmente destruido. El agua se consigue acá, con un camión cisterna que viene dos veces por día a llenar el tanque del hotel, y que la gente del vecindario viene a recoger la que se fuga de la manguera con la cual el camión llena la cisterna. Así que, básicamente, para que algo funcione en este hotel de $150/noche y donde una pizza vale $20 y un omelette $8, hay que estar reparando y supliendo permanentemente las fallas de los servicios. Pero, eso si, la vista desde la terraza, donde funciona el café - restaurante, sobre un mar plano y sin olas, es hermosa. Desde ahí se ve el horizonte (y Jamaica en un día claro), las canoas con remos que pasan veloces y los barquitos con velas multicolores, seguramente hechas con telas locales, que pasan atiborradas de gente, en dirección al puerto. Claro que también se ve, a lo lejos, el puerto, y más cerca, un barrio marginal con nombre marginal, y una calle más o menos pavimentada por donde trepan penosamente carros y camiones viejos para llegar a Mamba Point que esta en la cima de una colina, uno de los lugares mas altos, y por lo tanto aireados, de la ciudad. Y ahí, frente a esta terraza esta la “Roca del Pipi”: una roca pequeña, al lado de una palmera, donde se paran carros y caminantes… ¡a orinar! Me imagino que será por la inspiración que les ofrece la vista sobre el mar. Prohibido orinar, o la guerra del pipi La primera cosa que impresiona cuando se recorren las calles de Monrovia, es la cantidad de carteles en las murallas prohibiendo orinar en ese lugar. Vimos uno en el que se anunciaba: “al que se orine aquí le será cortado el pito” Lo segundo que impresiona es la cantidad de basura regada por todas partes. Bueno, de hecho la basura casi no se recoge, sino que se deposita en contenedores abiertos donde luego se la quema a pesar que diga en estos “favor no quemar basura aquí”. Y por último, sobretodo impresiona son los muchachos, jóvenes a los que les falta una pierna o un brazo, pidiendo limosna … o robándose lo que puedan arrancarle a uno de estos blanquitos internacionales que están aquí para “ayudar” a reconstruir lo que la locura de una guerra destruyó. No olvidemos que una de las poblaciones mas victimizadas por esta guerra fueron los niños, los famosos niños soldados, obligados a empuñar fusiles para combatir en una guerra cruenta, sin saber quien era el enemigo y envalentonados por las drogas que les daban a consumir para desarrollar su agresividad. Esto niños son ahora jóvenes lisiados que vagan por las calles, sin destino, sin ayuda, y con una mirada triste en los rostros donde alguna vez hubo ferocidad y muchas veces crueldad inducida por individuos sin alma, y sin perdón para la humanidad. En las calles, llenas de gente, como corresponde a este tipo de mundo, si se escucha música, pero no mucha ni muy fuerte como se acostumbra en nuestro Caribe tropical. Aquí la música crea un ambiente de alegría que trata de suplir el dolor y el estado emocional creado por 14 años de guerra que solo se acaba de terminar hace 4 años y de la cual nadie quiere hablar ni tan siquiera recordar. Las heridas están demasiado frescas y no acaban por cicatrizar. El entorno físico no hace más que recordarle a la gente eso: edificios destruidos, paredes con agujeros de bala a pesar de que el gobierno le diera una mano de pintura a los edificios oficiales para disimular los daños, e incluso, el palacio presidencial aún en obra de reconstrucción. Esta atmósfera es completada por los alambres de púa que coronan los altos muros que protegen cada vivienda, las barricadas callejeras que salvaguardan los lugares donde hay embajadas o agencias internacionales, y el complicado laberinto de barreras metálicas por los que hay que zigzaguear para circular por la calle que pasa frente al “complejo habitacional” de la embajada americana. Todo nos dice constantemente que una cruel y sangrienta guerra acaba de terminar y que ahora comienza otra. Una titánica labor para devolver a este país a lo que fuera algún día, años atrás… Volver a inventarlo otra vez.