13 de noviembre de 2007

Tierra de Negros

Sudán es el nombre que los árabes le dieron a este país y que literalmente quiere decir “tierra de los negros”. Viene de “Sudd” que significa negro y de “al” que, me imagino, es algo así como una aseveración-exclamación, como “a la puchas”, “a la pipeta” o “fíjate a la hora que llegas!”. Salimos de Kadugli para hacer siete horas de carretera, que en realidad fueron siete y media, porque paramos a comer. En general en Sudán hay tres tipos de carreteras: las buenas, de tierra, anchas y rectas; las malas, de tierra, angostas, con hoyos y rectas; y las carreteras petroleras, relativamente buenas, relativamente sin hoyos, relativamente rectas, pero eso si, llenas de camiones, de puestos de control y de gente. Abyei era nuestro destino final. Cuando digo el corazón de Sudán, lo digo por más de una razón: Abyei es una ciudad que ahora queda en el límite entre el norte y el sur. Ciudad provincia, abandonada durante la guerra, repoblándose rápidamente ahora, lugar de confluencia de varios grupos étnicos, en general nómadas pastores, es una ciudad ganadera y de “reconciliación nacional”, o sea donde se vive la realidad de la posible coexistencia del norte y el sur. Corazón, no solo porque queda “in the middle of nowhere” sino también porque Abyei es, hoy en día, el lugar donde toda las miradas están enfocadas, donde se podrá constatar si el proceso de paz planteado va a funcionar, y también, porque esta en el corazón de la zona petrolera que tiene concesionada los chinos y que, en este momento, provee el “sueldo del país”, o a decir de algunos, “el sueldo de los que manejan el país”. Nos adentramos en un paisaje africano, verdaderamente africano. No como el de las películas de Tarzan, con esa selva hecha en Hollywood, sino más bien, como el de “Elsa, la leona de dos mundos”, una película famosa filmada en Kenya, al ladito de aquí. La carretera, una recta totalmente recta, con alguna curva solo cuando el ingeniero que trazaba los planos se distrajo por una llamada telefónica, era de tierra, pero bien trazada. Tan bien trazada que permitía recorrerla con velocidades entre 80 y 120 Km. por hora, siempre y cuando se pudiera ver con anticipación los “camellones” o “lomos de toro” o “chapas acostados” que marcaban la llegada de un puesto de control, y se pudieran espantar a tiempo la cantidad de pájaros posados en ella. Porque, a diferencia la película “Elsa, la leona de dos mundos”, aquí la fauna avícola es impresionantemente abundante. Pájaros, pajaritos y pajarracos de todos los tamaños y colores. Bandas de loros rojos y azules, halcones, buitres y marabúes de más de un metro de alto, parados en la carretera por alguna extraña razón. Bueno, la razón estaba alrededor de ellos. Toda esta planicie estaba inundada hasta perder la vista: estábamos al final de la estación de lluvias, y a pesar que las carreteras estaban secas, o sea pasables, el suelo compacto y arcilloso de esos parajes filtraba el agua muy lentamente. Era un paisaje exuberante aunque no selvático. Bosque espinoso, de matorrales, tiene una tierra fértil donde crecen pastos altos de mas de metro y medio y calabazas y sandias, me imagino que salvajes, al lado de la carretera, es una región ideal para la ganadería. Me dijeron que antes de la guerra estaba bastante poblada de fauna silvestre; elefantes, leones, jirafas, todos compañeros de “Elsa”. Pero, con el ruido de los bombardeos, decidieron emigrar a Kenya, donde viven, junto con “Elsa” en los parques nacionales que abundan en ese país. Un millón trescientos mil animales se estima; ¡la mayor migración animal del planeta en tiempos modernos! Bueno, ahora están regresando y con ellos la esperanza porque algún día esta región sea un paraíso turístico, tal como Kenya, ya que es de una belleza inmensa, pero poblado de gente miserable. De esas planicies anegadas en este momento salen tres productos: carbón de espino, pescado seco y petróleo. Todo va para afuera; el carbón de espino a Khartoum, donde se vende a US $15 el saco de un quintal; el petróleo a China y el pescado seco, no se donde irá, porque lo que es por aquí nunca vi a nadie que lo comiera, que lo vendiera en los mercados o que lo ofreciera en restaurantes. Pero eso si, a cada rato, a lo largo del camino se veían tendederos con pesado secándose, impregnando el aire con ese “aroma” tan especial de pescado, secándose... Y sí, esta la gente. Es que la belleza del paisaje es tanta que uno tiende a olvidarse de la gente, pero ahí están. Básicamente tres tipos de gentes pueblan esta región: los que viven ahí, los que pasan por ahí y los que están ahí y no saben por qué. ¡Ah!, casi lo olvido, y los chinos del petróleo, aunque a esos casi no se los ve. Es que hay dos tipos de pobladores “autóctonos” los más o menos agricultores y los pastores nómadas, los baggara o, como le dicen los “árabes” que circulan por toda la región, con su ganado comiéndose las cosechas y originando conflictos desde tiempos remotos y que aún no se resuelven. Esos son los de pasada. Y los que están ahí sin saber por qué, son los soldaditos de ambos ejércitos, el del norte y el del sur, enviados a los numerosos puestos de control y que conviven gracias a un mecanismo de implementación conjunta de los acuerdos de paz. En la práctica eso se traduce en casuchas de paja, en medio de la nada, cada 20 o 30 minutos en la carretera, con 4 soldados: dos del SPLA y dos del ejército nacional. En algunos son dos casuchas, a 10 metros la una de la otra, lo que significa dos puestos de control, dos lomos de toro y dos “peajes”. En otros casos, cuando se llevan mejor, una casucha, un lomo de toro y un “peaje”. Si, porque nos enteramos que el viaje entre Kadugli y Abyei cuesta, más o menos, unas 100 Libras sudanesas (US$50) en “peajes”. Ese es el plan de sustentabilidad de los soldaditos. Y no los culpo... No tiene nada, pero lo que es nada que hacer. Ni siquiera hay población cerca en muchos de los casos. De todas maneras, al “pueblo” más cercano es difícil llamarlo así. La carretera esta colmada de conjuntos de casuchitas de paja (10 a 20), en donde ofrecen de todo, comida, reparación de llantas, corte de pelo e Internet, pero que difícilmente podría ser calificado como un poblado. Los poblados son las agrupaciones de Tukuls (nombre local para esas chozas) como las que vi desde el avión y que se ven aquí a lo lejos, en el horizonte. Pero por ahí no pasa la carretera, menos mal. Nos paramos a tomar el “desayuno” que aquí es la comida del mediodía. Creo que es la herencia del Ramadan, donde se “desayuna” (o como se dice, se come el Iftar) al caer el sol. Bueno, el desayuno fue en una de esas “casuchas” que por fuera no te decían nada, pero que al entrar, aromas inimaginablemente exquisitos nos animaron: té con alguna especie perfumada; café con cardamomo y “bajur”, que es un incienso local hecho de una resina que, según me dijeron, traen de Indonesia. La cabaña, de techo bajito, es increíblemente fresca. Nos sentamos en una banquitas y ahí, nuevamente, nos traen la “bandeja”, solo que esta vez, fuera de la carne, la ensalada es medio tomate cortado en 4 porciones y una cebollita pequeña en rebanadas. Pero eso sí, harto “hobs”, el pan árabe que aquí llaman solo pan. Salimos de la chocita, comidos, perfumados y refrescados. Increíble. Y me pongo a pensar que en realidad ese tipo de construcción es tanto más apropiado para esa región que las casas de prefabricados que les llevamos, con los aires acondicionados… Claro que eso es casi blasfemia, sino, ¿de qué hacemos vivir a Carrier? Afuera nos espera un pequeño mercado, donde me entero que sí hablo árabe. Resulta que mi guía local me invita a comer una “juabas” y una “papai”, que son, ni más ni menos, que guayabas y papayas! Un poco mas allá, veo un “asado a la piedra” o sea un fogón, con piedras calientes y carne encima! Decididamente los árabes dejaron en España algo más que solo almohadas y alcuzas! Y así, entre perfumes de “bajur”, tes aromáticos, el volar de flamingos, halcones y marabúes, entre pastos infinitos, pensando en quienes son los que necesitan desarrollo, si ellos o nosotros, seguimos por nuestra recta polvorienta durante dos horas más para, llegar finalmente, a Abyei. Abyei, Sudán

10 de noviembre de 2007

Vecindad de fuego

Sudán o República del Sudán es el país más grande del continente de África, 200 mil kilometros menos que Argentina, 2.500.810 km a orillas del Mar Rojo, atravezado por el río Nilo y situado al noreste del continente. Para hacernos una idea, es 200 mil kilometros más pequeño que Argentina y el doble de Colombia, gran parte de su superficie de de 2.505.810 km² es desértica y su capital es Jartum (o Khartoum). Atravesado por el Nilo y sus afluentes y bañado al noreste por el Mar Rojo, su centro se encuentra una gran llanura, bordeada al este y al oeste por montañas. En el sur el clima es tropical, mientras que en el norte es desértico, donde la estación de lluvias se da desde abril hasta octubre. La desertificación que se extiende con el paso del tiempo hacia el sur, y la erosión del suelo suponen graves problemas para el país. Ubicado en medio de un vecindario que ha sido, en distintos momemtos de su historia, gente amiga o enemiga: Egipto al norte, Eritrea y Etiopía al este, Kenia y Uganda al sureste, la República Democrática del Congo y la República Centroafricana al sudoeste, Chad al oeste y con Libia al noroeste. Sudán tiene un gobierno autoritario, por lo que todo el poder político está en manos del Presidente, Omar Hassan al-Bashir. Bashir y su partido controlan el gobierno desde que él dirigió el golpe militar del 30 de junio de 1989. Desde 1983 hasta 1997, el país fue dividido en cinco regiones en el norte y tres en el sur, cada una encabezada por un gobernador militar. Después del golpe militar del 6 de abril de 1985, las asambleas regionales fueron suspendidas. En la región de Darfur, desde 2003, se lleva a cabo un exterminio de la población negra, por parte de la árabe. Es conocido como el Conflicto de Darfurr.
Información tomada, en gran parte de:http://es.wikipedia.org

9 de noviembre de 2007

Sudán queda en algún lugar de América Latina

Juba, Rumbek, Wau y Kadugli. Llegamos al Aeropuerto internacional de Juba a las 7 de la mañana para abordar el avión del Servicio de Asistencia Humanitaria, de las NNUU (UN-HAS por sus siglas en inglés), que todo el mundo llama WFP Airlines (Aerolíneas PMA, por Programa Mundial de Alimentos). Me imagino que es el plan de sostenibilidad de la organización. Tiene aviones bi-motores de 36 pasajeros que también llevan carga, y así matan dos pájaros de un tiro. (Foto arriba: Atardecer camino de Kadugli a Abyei).
El “check-in counter” de WFP Airlines era, no obstante, un cubo de ventilación del sistema de aire acondicionado del aeropuerto, que a esa hora todavía estaba cerrado. Ahí nos chequeamos, dejamos nuestras maletas y nos dispusimos a esperar. Si, porque esta aerolínea funciona con horario aproximativo. En general, los vuelos salen después de que llega el avión, porque todos son aviones que llegan de alguna otra parte. (Foto: Rumbek).
Sin embargo, esta vez el avión llego de Loki a las 8:30 y pudimos salir a las 9 de la mañana. Estaba casi completo, 36 pasajeros a bordo: Oxfam, World Litteracy, Save the Children, IRG, DAI, HARD (debe ser una ONG local) EDC y WFP, entre otros. Si, porque en el registro de pasajeros además del nombre también te piden el nombre de la agencia a la que perteneces… Curioso, también fue lo mismo en el hotel de Loki, solo que recién ahora me di cuenta de esto.
Despegamos de nuestra última pista asfaltada y nos dirigimos al norte, hacia Rumbek, la antigua capital del sur. Durante una hora volamos sobre una planicie semi-árida, atravesada por numerosos ríos y totalmente despoblada, sin gente. Me pareció extraño, pero no me sorprendió; después de todo estamos en Sudan. Solo que me preguntaba “¿Y donde están los 10 millones de personas que se suponen que viven en este país?” En las ciudades no, porque fuera de Juba, que es una ciudad menesterosa, todo lo demás son pueblitos de menesterosos. La pregunta quedo sin contestar. Fuimos descendiendo a Rumbek, que suponía, iba a ser una ciudad ya que fue la antigua capital del sur de Sudan, pero nada, también es otro pueblo como los demás conocidos visto desde el aire. Pero, a medida que el avión descendía haciendo su aproximación a la pista del aeropuerto de Rumbek, me fije en una curiosa forma que yo creía natural; algo así como círculos de tierra sin hierba en medio de los pastizales con unos puntos mas obscuros en su interior. Más de cerca descubrí que eran chozas de paja, las casas donde vive la población. Así es, cada unidad familiar construye un cerco de piedra circular que delimita su propiedad y en el interior construye varias cabañas de paja: una para el hombre y las otras para las varias esposas, dejando una para la cocina que, imagino, es donde todos se encuentran y se arman las peloteras… (Fotos: Poblado de Wau).
De ahí en adelante mi vida cambio. En el tramo de Rumbek a Wau, mirando desde el avión, me pude dar cuenta de lo poblado que es este país. Solo que no se ve. Pero también me pude dar cuenta que a pesar de lo poblado, de lo plano, de la cantidad de ríos que lo cruzan, a pesar que la tierra es semi-arida, no se ven cultivos por ninguna parte; ni siquiera cerca de las chozas… Una vez más aparece un enigma: “¿Y de que vive la gente?” Y otra vez más la misma respuesta: “Estamos en Sudan.” Aparentemente, los árboles son la arquitectura preferida para las terminales aéreas, por lo menos en el sur. Llegamos a Rumbeck y ahí nos hicieron bajar y pararnos a la sombra de un árbol mientras “tanqueaban” el avión. De ahí, subimos de nuevo y partimos a Wau.
En Wau no hay árboles, solo una Terminal, pero esta vez de cemento y del tamaño de una habitación, seis por cuatro metros, con unas sillas plásticas amarradas con una cadena entre si. Ahí esperamos la conexión. Y como era WFP Airlines, la conexión llegó cuando llegó. Dos de la tarde y aún no desayunábamos. Esta línea aérea había adoptado el modelo de negocios de las líneas aéreas norteamericanas: te cobran el pasaje pero no te dan nada de comer. En realidad, como el precio de los boletos es un poco mas barato que las líneas comerciales, si las hubiera, tampoco te dan las indicaciones de seguridad. Así que a cada uno debe ingeniárselas para ajustarse el cinturón de seguridad y ver que mierda hace con esa mascarilla que, de repente, cae frente a ti. Solo los pilotos toman café y la azafata la pasa de lo mejor… Así, luego de otra hora de vuelo, sobrevolando poblados invisibles con cultivos inexistentes llegamos a nuestro destino final, Kadugli. Bueno, lo que en un comienzo creí que era Kadugli: una serie de campamentos súper ordenados e inmensos, una pista de cemento y una Terminal, una verdadera Terminal: edificio con torre de control, salones, cafetería y todolodemás. El avión aterrizó, carreteo por la pista y se detuvo cerca del Terminal. Abrió la puerta y bajo la escalera. Bajamos con mi compañero. Enseguida bajaron las maletas, cerraron la puerta y despegaron rumbo a Khartoum. No había bajado nadie más, solo quedamos los dos en la pista. Según me dijo mi compañero de viaje, habíamos llegado al norte de Sudan. No nos esperaba nadie porque, según nos enteramos después, la camioneta vino a vernos y como el avión no llegó a la hora (sino 15 minutos más tarde), se fue... ¿Son tan británicos aquí? De eso me daría cuenta media hora después... El camino del aeropuerto a Kadugli es una enorme carretera, súper ancha, de tierra... pero hecha pedazos, a tal punto que el carro se fue por caminitos, más bien trochas, trazadas por otros vehículos a los costados de la carretera. “Es que la compañía China contratada para hacer este camino pavimentado se arrancó con el dinero”, me comentó el chofer. Nada que no conociéramos ya, ¿No? Kadugli es una capital provincial desde época de los ingleses. De eso nos dimos cuenta cuando la carretera desemboca en una avenida, esta vez bien pavimentada, ancha y flanqueada por hermosos árboles centenarios (Mahoganys, en inglés), plantados por los ingleses. En algún momento cruzamos un parque, trazado por los ingleses hasta que la avenida se transformó en una calle, ancha, con casas de ladrillos pintadas de blanco y construidas, seguramente, por los ingleses. Claro, ahora todo estaba viejo y derruido, por el tiempo, el abandono y la guerra. Una ciudad sumida en la incertidumbre de no saber si pertenecía al sur o al norte, fue prácticamente abandonada por su población, la que esta recién ahora regresando, poco a poco y adquiriendo, decididamente, una personalidad norteña, o sea arabizada, de negros musulmanes. El drama de Kadugli es que dentro de los acuerdos de paz, tiene una administración rotativa, o sea un año un alcalde del partido de gobierno, el National Congress Party (NCP) y otro de Sudanese Popular Liberation Movement (SPLM), del sur. El problema es que, lo que hace el uno, lo deja de lado el otro, si es que no lo deshace. Y si no, vean lo que esta sucediendo con la carretera. (Fotos de Kadugli). La ciudad, aunque pequeña, esta llena de vida. Sus calles, bien asfaltadas, rebozan de gente caminando, gente montada en burritos, gente montada en carritos casi de juguete tirados por burritos casi de juguete, niños, hermosas mujeres, altas, negras, negrísimas y arropadas con esas telas que las envuelven de pies a cabeza, porque son musulmanas, aunque usan colores brillantes, casi todos floreados y múltiples. Abundan las mezquitas, por supuesto, y escasean los carros y los lugares donde comer. Y si, ya eran las cuatro de la tarde y pensábamos que había llegado el momento de tomar el desayuno...
Decididamente no hay sushi en Kadugli. No se cuantos restaurantes hay, pero a nosotros nos llevaron al mejor, cuyo dueño es también el propietario de la gasolinera, de la compañía constructora, de las tierras aledañas y quien sabe de cuantas cosas más. El menú es simple y por eso no lo escriben: bandeja o shawarma. El shawarma esta afuera, como todos los shawarmas del mundo, pero escuálido y con la grasa que chorrea, como todos los shawarmas del mundo, salvo los de Paris. La bandeja te la preparan. Lo que llaman “bandeja” en realidad es... una bandeja, pero enorme, como de un metro de diámetro, de metal, y en ella colocan ordenadamente carnes de varias especies, cordero y pollo en diferentes presentaciones, berenjenas cocinadas y, si tienes suerte, coliflor en salsa... de carne. En los días de fiesta te ponen además un poquito de ensalada, o sea tomate y cebolla picada. Hoy era día normal. Decididamente, como lo comprobaría con el pasar de los días, los sudaneses son los “argentinos del norte”. Solo comen carne. Con razón...
La bandeja la colocan en medio de la mesa, además traen “Job” que es el pan árabe, aunque aquí “Job” solo significa pan y te ofrecen “Coca o Bebsi”, siendo Sudan uno de los pocos países del mundo donde coexisten las dos. El pan árabe sirve de plato, tenedor y servilleta. Con pedazos de pan vas tomando pedazos de carne y los pocos vegetales que hay delante de ti. Eso si, antes de comer o bien vas a lavarte las manos o te traen a la mesa una palanganita con jabón y toalla. Luego de comer, te lavas nuevamente las manos y te enjuagas la boca. Eso si, escupes el agua al piso. Tal vez sea un ritual (?) Aquí no hay postre, no hay dulcecitos árabes, no hay fruta, no hay nada más. Tan solo café o té. Sin embargo, todo sabroso y perfumado, porque eso si, tienen estos cocineros o cocineras, más bien, un gran dominio del arte sutil de poner especies en cada cosa que preparan, incluyendo el café (con cardamomo) y el té, con otros aromas que no pude identificar. Ahí, de sobremesa y por primera vez, pude tener contacto con sudaneses de verdad. No los que trabajan para las ONGs, no los que hablan inglés, no los intelectuales, sino con la gente normal, la que vive su vida de todos los días en una capital provincial. No sin cierta dificultad, hablamos con la gente que se nos acercó a darnos la bienvenida a su ciudad (y no a preguntarnos que hacíamos ahí), y compartimos con ellos sus preocupaciones y visiones de las distintas situaciones, que si la guerra iba a regresar o no; que la corrupción del gobierno; que la gente que se hace rica a espaldas del pobre; de los funcionarios que roban; de los negociados; de cómo los extranjeros (Chinos esta vez) se llevan el petróleo sin dejar nada en el país... Decididamente, Sudan queda en algún lugar de América Latina!
Y así, caminado por sus soñolientas calles al atardecer, escuchando la llamada de la última plegaria del día, y sintiendo el humo de cocinas de leña, calentando agua para el té, nos regresamos a nuestro “compound” para dormir. La partida al día siguiente sería a las cuatro de la mañana.
Curiosamente la noche en Kadugli, a pesar de estar en América Latina, es diferente a las nuestras. No me podía despertar en medio de la noche porque no escuche ladrar a ningún perro (luego me enteraría que se callaron a raíz de la guerra), ni en la madrugada porque ningún gallo cantó (¿Será que se los comieron a todos?). Así que tuve que confiar en mi despertador que sonó a las 4 AM porque había que madrugar. Ese día tendríamos por delante un largo viaje al corazón del Sudan.
Kadugli, Sudán
Viernes 2 de noviembre, 2007

5 de noviembre de 2007

Juba o cómo inventar un país

Para inventar un país la receta es bien simple: tómese un terreno baldío en el mapa, baldío no porque no pertenezca a nadie sino porque este un poco marginado, haga un aeropuerto, una base militar, un campamento de las Naciones Unidas, disperse carros 4x4 de ONG a diestra y siniestra y llene las calles de gente… y de basura. ¡Y ya esta! Juba cumple todos esos requisitos. Pueblito apacible y dormido de la época colonial británica, con calles bien trazadas y lindas construcciones -al decir de aquellos que la vieron en esos tiempos- Juba fue, como muchas otras ciudades de Sudan, ocupada, saqueada, demolida y destruida durante la guerra, dejando tan solo un montón de escombros arrumados al margen izquierdo del Nilo, ciento ochenta kilómetros después de hacer su ingreso a Sudan, desde Uganda. Pero ahora, que es la reciente capital de este nuevo país que acaba de ser inventado y cuyo nombre es solo un punto cardinal, Sur Sudan, Juba se ha trasformado en una vibrante ciudad que refleja todas las dimensiones de ese mundo que esta construyendo la ayuda internacional, imagino, para el bien de la humanidad. Juba tiene ahora unos no se, 100 mil o 200 mil habitantes, aunque siguen llegando más, atraídos por el hecho de que es la única ciudad, en el sur de Sudan y, por supuesto el único lugar que se beneficia plenamente del maná que trae el desarrollo. Y sí, Juba tiene un enorme aeropuerto, una enorme base militar, un enorme campamento de NNUU, una enorme cantidad de agencias de cooperación internacional, una enorme cantidad de 4x4 hechos pedazos, de motos, de gente caminando, de niños corriendo por la calle, de cabras sueltas en la avenida principal y, eso sí, un montón, pero un montón, montón… de basura. Todo eso, envuelto en una nube de tierra, siempre en el aire, ya que no hay una sola calle pavimentada. Desde que llegue aquí tengo grabada en la mente la palabra “jubra” en vez de Juba, que significa “basura” en Macedonio. Si, el nombre de esta ciudad debería ser “Jubra”.
Llegamos al aeropuerto, a ese inmenso aeropuerto, nosotros en nuestra pequeña avioneta. Caminamos por la loza entre los aviones grandes para presentarnos a inmigración. Ahí casi no nos miraron, pero el señor de la aduana, ese sí que me miró. No solo me miró, sino que me registro hasta la carterita de mis CDs y el contenido de mis libros. Según mi colega, los aduaneros eran del norte y querían ver si el gringuito traía material subversivo (!) Si, tal vez para convencer a los negritos del sur, ¿que son tan seres humanos como los del norte? Bueno, subimos a la camioneta del proyecto y comenzamos a rodar por esa súper carretera de tierra, pero que pronto van a asfaltar, según dijo el chofer. Ahí comenzamos el tour. Y si, porque todo el mundo aquí se siente en la obligación de decirte lo esta por hacerse en cada calle que pasamos: “aquí se va a hacer el ministerio de salud”; más allá el de educación, y los archivos nacionales y todo lo demás. Claro que lo único que se ve son andamios, pilas de ladrillos, paneles de prefabricados, y polvo, eso si, mucho polvo por todos lados. De todo eso lo único que ya esta construido son el palacio presidencial y el edificio del congreso nacional, de un país que no tiene nombre aún. Pero, no se vayan a hacer una idea nefasta de este lugar; no todo esta en construcción, no. En realidad el chofer tiene tres discursos: el de “aquí se va a construir”, el de “esta calle se va a pavimentar próximamente” y, uno último y el más positivo que es “y aquí es el campamento de…”. Sí, porque tenemos el campamento de las NNUU, el de la UNICEF, el de la USAID, el de los Italianos, el de los Británicos, el de la GTZ y el de todos los demás. Todos iguales, murallas altísimas, lámparas halógenas y alambre de púas… como protegiendo estas democracias liberadoras que vienen a ayudar al país, al país que aún no tiene nombre pero que todos los días sigue inventándose un poquito más... Nosotros también tenemos un campamento, igual a los otros; eso lo descubrí al llegar. La misma puerta de metal, las mismas murallas, las mismas lámparas halógenas y los guardias de seguridad. Así que, ahí conocí lo que es la vida en esta ciudad. De hecho, son entidades autónomas: tenemos vivienda, comida, televisión y, sobretodo, oficinas donde poder trabajar y trabajar todo el día. Esto es una mezcla entre un convento y un “sweat shop” de esas en Manchester, de comienzos del siglo XIX! Es el modelo más increíble de explotación humana concebido para “trabajar por el bien de la humanidad”. La gente trabaja de domingo a domingo, de sol a sol, porque allá afuera “no hay donde ir, no hay nada que hacer”. Todo lo que pasa allá afuera pertenece a un mundo, al que sí ayudamos, pero no nos metemos con el. Y como yo, como todos lo saben, mi apellido “contreras”, lo primero que hice fue pedirle al chofer que me llevará a dar una vuelta: eran las 6 de la tarde de un viernes, hora pico en la ciudad. En Juba no hay horas pico, son horas pico y pala ya que nunca para la construcción. También son horas polvo y muchedumbre, con un tráfico que se mueve a 20Km por hora, no por prudencia sino porque las calles no son tal; son pistas de motocross, son gallineros, son mercados bullentes de gente comprando y vendiendo cositas de a 5 y 10. Y si, el paquetito de galletas, los tabaquitos por unidad, el cuarto de aceite, todo en economía de subdesarrollo, por unidad o en pequeña cantidad. Pero sí, las calles atestadas de gente que camina entre los carros, de motos que, esas sí, andan a toda velocidad levantando cortinas de tierra, de cabritos y de chanchos que circulan libremente por la ciudad. Es como si estuviéramos en el corazón de África… ¿Será que es ahí donde estamos? El chofer y mi colega me llevaron a ver la ciudad. Así que visitamos la casa del presidente, rodeada de murallas, guardias y alambre de púas; el edificio del congreso, rodeado de murallas, guardias y alambre de púas, el campamento de varias ONGs, rodeados de murallas, guardias y alambres de púas y, finalmente, un club, algo así como el country club local, rodeado de murallas, guardias y también, alambres de púas. Mientras tanto afuera la calles bullían de gente caminando, sentadas en sillas plásticas o comprando de a cinco y de a diez. ¿Será que algún día esos mundos se van a juntar o van a seguir creciendo separadamente hasta lograr construir una sociedad moderna y como deber ser, o sea separada por barrios y clases? Vamos bien entonces… Pasamos por la calle comercial (difícil saber la diferencia con las otras), y por la del mercado (difícil saber que era diferente de la comercial) y por la calle donde esta la iglesia anglicana, rodeada por puestos de venta, y por la mezquita, rodeada de gente tapada de pies a cabeza. Y también estuvimos metidos en un trancón de tráfico, difícil de diferenciar del tráfico normal, y en el accidente de un carro bomba, en realidad el carro bomba recién recibido, que por ir rápido a apagar un incendio, en esas calles de tierra resbaló y fue a dar contra un poste dejando a todo un barrio sin electricidad. Y sí, porque Juba es una ciudad vibrante, vibrante por el temblar de los altoparlantes de los que sale esa música africana, tan alegre, tan tropical… Es una ciudad viva, desarrollada por gente muerta. Muerta de aburrimiento en sus campamentos, muerta de corazón, muerta de miedo de salir afuera, muerta de alma… Hasta que llegamos a la zona turística y ahí la cosa cambio. La zona turística es donde están los hoteles de lujo y los restaurantes elegantes, obviamente a la orilla izquierda del Nilo Blanco, recién llegado de Uganda. Ahí uno se encuentra con los letreros delante de portones abiertos que te invitan a pasar al hotel Copacabana, al Palacio Royal, al Taj Mahal. Nosotros entramos al Da Vinci porque es el que aparentemente tiene el restaurante más elegante. Entras al hotel y lo primero que encuentra uno es una hilera de “suites”. Una vez más, las mismas carpas del hotel de Locki, por los mismos U$S150 diarios, claro que incluyendo el desayuno. La comida es aparte… y cara: U$S 30 la pizza y 10 el jugo, claro que sí, natural… de piña o de mango porque no hay más. El restaurante, como en el otro hotel, es una muy linda pérgola, elegantemente decorada, reposando sobre la orilla del Nilo, con un pontoncito con mesas, velitas y una barquita donde te llevan a pasear, seguramente, por un platal… Todo aquí es caro. Después de todo es solo para gente internacional o para altos funcionarios de gobierno, a pesar de que ahora dicen que hay un grupo de gente local haciéndose una millonada con los contratos de construcción. También me enteré que todos estos hoteles son de una sola compañía, AFRA o algo así, un gringuito que de hippie paso a empresario gracias al desarrollo. ¿No ven que si hay impacto social? Que lindo ratito pasamos ahí, sentados en el portón, con el Nilo corriendo bajo nuestros pies, las garzas sobrevolando y los sonidos de peces saltando fuera del agua, aunque luego nos dimos cuenta que también eran bolsas plásticas, seguramente con basura, que la gente, más allá de los limites del hotel arrojaban al Nilo Blanco… Pagamos con gusto los U$S10 por cada uno de nuestros jugos de piña (el de mango se había acabado) y salimos para regresar a la seguridad del campamento. Después de todo, ya eran las 8 de la noche y todo bañaba en oscuridad. Pero antes de llegar hubo una ultima parada: el club restaurante “Home and Away” el sitio más “in” de toda ciudad. Luego de hacer cola detrás de los 4x4 más elegantes de Juba, de donde bajaban una negras estupendamente arregladas y unos hombres cargados de oro, logramos parquear, también en un parqueadero de tierra. Caminamos al restaurante. Pero al entrar fue como si de repente hubieses cruzado el umbral de la dimensión desconocida: un metre de smoking y guantes, seguido de mozos impecablemente vestidos de blanco te llevan a la mesa a donde te muestran un menú de platos exquisitos y exóticos. Claro, después nos enteramos que la administradora es filipina. No cenamos, lástima, pero teníamos que volver al “compound”. Así es Juba, o “jubra”, la capital del sur de Sudan. Me hizo pensar en las granjas de champiñones en Francia: en esas granjas los champiñones son cultivados sobre estiércol animal, o sea sobre mierda, porque así salen más grandes y más lindos. Esta ciudad es igual, me imagino que de toda esta mierda, algo bello saldrá, en unos cuando años, cuando se hayan pavimentado las calles, cuando se hayan terminado de construir los ministerios, cuando tengan hoteles de verdad…y cuando se haya ido la comunidad internacional. Claro, eso si, si no viene otra guerra y lo manda todo al carajo una vez más.
Juba, Sudán,
Martes 29 de Octubre, 2007

30 de octubre de 2007

Tras las huellas del Nilo Azul

Tanto el vuelo de ida de Locki a Kurmuk, como el de regreso de Kurmuk a Juba fueron experiencias increíblemente maravillosas. Este país es plano, inmenso, pero ligeramente cóncavo como una inmensa bañera que demoramos tres horas en sobrevolar. Es una tierra semi árida, con arbustos y pastizales además de algunos árboles gigantescos que se destacan como islas verdes en esas soledades.
Si, porque en 3 horas no vimos ni una sola población. Bueno, en realidad vimos un pueblito de unas 10 casas o mejor chozas, cada una rodeada de algo que se veía como una cerca de piedra de unos 20 metros de diámetro, quizás para mantener ahí el ganado. Porque aparentemente es una zona ganadera, donde el ganado, los de cuernos largos (long horns) compiten con hienas, leones y otros animalitos que suelen vivir por ahí. Pero es una hermosa desolación… recorrida por una multitud de cauces secos, huellas tal vez de épocas más regadas, ¿en el pasado? ¿En el año? No se…
Noventa minutos de vuelo y el paisaje comienza a cambiar ligeramente: la planicie de pastizales ahora esta en medio de enormes charcas de agua, anegada, pero no por una inundación sino de manera permanente. Es como si la tierra rezumará agua, como si fuera una enorme esponja dentro de una enorme bañera. Bueno, eso, según me dijeron, era una de las fuentes del Nilo Azul.
El Nilo Azul, como todos sabemos gracias al inútil enciclopedismo que nos da la escuela, se origina en las montanas de Etiopia. Pues, es cierto, porque si miramos hacia la derecha, volando de sur a norte, ahí están las dichosas montañas. Claro, lo que no nos dicen es que de esas montañas no sale un torrente al cual se suman muchos torrentes más para constituir un río, como seria lo normal, o por lo menos a lo que estamos acostumbrados.
No. De esas montañas bajan, no se de que manera, si superficialmente o de manera subterránea, todas esas corrientes que se van a depositar en la bañera con la esponja gigantesca. Y de ahí, a medida que avanzamos el paisaje se torna cada vez más acuático, con colinas verdes que se asoman como islas rocosas en medio de esa vegetación semi acuática. Y de repente, surge un río, así, como por arte de magia. Pero no, todavía no es el Nilo Azul. Es otro, uno que luego de pasar por un lago se va a llamar Nilo Azul. O sea que no se puede decir con precisión donde no más es que nace el Nilo Azul. Pero ahí esta, dibujando sus riveras desde el pantano que lo vio nacer.
Es un río que se mueve en muchas direcciones, como buscando un destino, una orientación. Son “eses”, una detrás de la otra, como el silbido de una perezosa serpiente que lentamente busca definir un cauce, perdiéndose muchas veces en lagos, en bifurcaciones que se vienen a re-encontrar kilómetros mas abajo, como si quisiera aprender a ser río, pero sin el manual.
A medida que nos acercamos a Kurmuk, el río se va alejando hacia en oeste. Es que para llegar a este pueblo-ciudad, según me enteré después, hemos de cruzar por sobre una parte de Etiopia, y sus montanas, una protuberancia en el mapa que se interna en el territorio de Sudan. Así que dejamos atrás el río para ver las montanas donde se origina. Uno se imaginaria que esas montanas que generan tanta agua tiene una vegetación lujuriosa. Bueno, no hay tal. Son rocas secas, casi sin pasto, y totalmente sin población. Ahí yacen, esperando las lluvias, para canalizar esas aguas hacia su destino final. Es un paisaje hermoso, del cual surgen de tanto en tanto domos de piedras, extrañamente parecidas a pirámides con formas y tamaños similares. ¿Será que de ahí proviene la inspiración de los egipcios?
Ese paisaje, de alguna manera, es un paisaje que evoca misterio, algo muy profundo e interior. ¿Será que todas las cosas profundamente esotéricas se originaron en las montanas de Etiopia? No se, pero es un paisaje sobrecogedor; hermosamente sobrecogedor.
Y así, saltando de una a otra de esas cimas rocosas, finalmente llegamos a Kurmuk, adivinamos Kurmuk, ya que desde el aire solo se veían unas cuantas casas y una pista de aterrizaje, mas bien una porción de tierra despejada que, para alcanzar, nos obligo a pasar por entre dos montanas donde casi tocamos las rocas con las alas del avión.
El viaje de Kurmuk a Juba, de regreso hacia el sur, nos llevo por una ruta diferente. En realidad viajamos de norte a sur oeste. Fuimos dejando atrás las montanas para internarnos nuevamente en el pastizal y luego en la esponja rezumada de agua…Comenzábamos a cruzar lo que en los mapas aparece sin nombre, pero que aquí la gente llama “el pantanal”.
Ya no es una esponja que resuma agua, sino que son 3 horas sobrevolando un pantanal; agua por todos lados, con pastos altos emergiendo, con bandadas de garzas y otras aves que salían disparadas al paso del avión, muy por debajo de nosotros. Y, si miramos el mapa, resulta que ese es otro pantano, muy diferente del que cruzamos en las fuentes del Nilo Azul. Ese es una parte del recorrido del Nilo Blanco que viene desde el lago Victoria, allá, no muy lejos, en el sur, en lo que es ahora Uganda. Y si, porque el Nilo Blanco, que si se origina como un río “normal”, saliendo de un enorme lago, también se viene a perder en las tierras del Sudan, en otros pantanales, para luego recuperarse y volver a ser nuevamente un río normal.
Y eso se puede ver muy claramente desde al aire: el punto donde llegamos al pantanal era el lugar donde el río vuelve a ser uno nuevamente para seguir su trayectoria única hacia el norte. Pero de ahí hacia el sur, vemos como se va perdiendo su unidad. El río se vuelve varios ríos, cursos de agua que viajan paralelos, la mayor parte del tiempo, divididos por las aguas de pastos altos del pantanal. Es un extraño paisaje, aguas divididas por aguas, ríos paralelos, islas de vegetación… Sobrenatural.
Es un paisaje que te hace pensar; la inmensidad, la soledad, esa vasta naturaleza aun no domesticada, a pesar que se habla de construir un canal que cruce el pantanal para hacer más rápido el viaje por el Nilo Blanco hacia Khartoum… ¿Porque será que el hombre busca destruirlo todo? ¿Con qué afán? O más bien, ¿Con que falta de visión? ¿Será que nuestro afán de muerte es más poderoso que el de vida?
Al sobrevolar esos paisajes no podía evitar pensar que de alguna manera el paisaje refleja la naturaleza de un país. En efecto Sudan es un poco eso. Un curso de agua que en su viaje a través del tiempo y el espacio, atraviesa zonas pantanosas donde su curso se desdibuja y casi se pierde, para re-encontrarse mas adelante. De más esta decir que desde hace unos 20 años el país, o los países si viene al caso decirlo, están atravesando el pantanal. Incluso los cursos paralelos son reflejo de los países paralelos que existen en la actualidad, con todos sus conflictos sin aparente solución…
Y así, nos vamos remontando en el tiempo y bajando hacia el sur, hasta salir del pantanal y re- encontrarnos con el Nilo Blanco, tal como nació: un río ancho, lleno de vida, de vegetación arrastrada por la corriente, de vida animal…y de gente. Re-aparecen las casas, los villorrios, las chozas de techos de paja, pero sin las envolturas platicas con la palabra UNICEF. La planicie ahora esta sembrada de colinas rocosas que emergen, de manera desordenada y que imagino el piloto de la avioneta usa como referencia para llegar a Juba, la ciudad capital de ese país nuevo que se recuesta sobre el Nilo Blanco: el sur de Sudan.
Juba, Sudan
Domingo 28 de Octubre, 2007