2 de junio de 2008

Partir es morir un poco...

Sudán, el granero de África. Cuando uno piensa en partidas, en finales y en el momento en que deja un lugar, unas personas que se conocieron, hay un sentimiento de nostalgia como un atardecer tornasolado entre las arenas del desierto. ¿Suena bonito verdad? Bueno, la realidad aquí fue muy diferente. Las últimas dos semanas de cierre del proyecto y mi partida fueron marcadas por la convergencia de todos los defectos, y solo algunas cualidades de este pueblo y este lugar...África una vez más. La verdad es que desarrollar cualquier proyecto de asistencia en este lugar es difícil, básicamente porque no hay leyes ni reglamentos claros. Es un poco como dirían los franceses “según la cara del cliente”. En este caso el cliente era rico: era el gobierno americano. Normalmente, según la ley de cooperación sudanesa para cerrar un proyecto hay que pagar al personal todos sus haberes, entregar un inventario de los equipos y saldar todas las cuentas. Todo sonaba fácil, pero en este caso no fue así. Todo comenzó en una primera reunión con Mr. Mutasim Elgasim, director de la Oficina de Relaciones con ONGs internacionales, y la autoridad en el Ministerio de Asuntos Humanitarios que tiene el control (y el poder) sobre las agencias de cooperación que deseen trabaja en el país: que pueden hacer y como lo deberían hacer. En pocas palabras, tiene el control sobre los hilos de la “bolsa”, no la de él por supuesto, sino la nuestra... Como buen funcionario de un país africano, comenzó su discurso acusándonos de haber llevado a cabo actividades que atentaban contra la seguridad del Estado y anunciándonos que, como tal, éramos susceptibles de recibir los peores castigos considerados por la ley. Esa era el punto número uno. El punto número dos, pese a que la ley laboral establecía un tipo de paquete de compensación para el personal local que terminaría su trabajo con nosotros, su oficina reclamaba un paquete diferente, seis veces mayor para cada empleado (básicamente 6 meses de sueldo) además del mes de compensación por año trabajado que era lo único que en principio exigía la ley... Y ahí comenzó todo el lío. Las dos semanas que siguieron fueron una batalla entre la legalidad del sistema y la legalidad creada por esa oficina (“la ley la hago yo y punto!”). Todo esto reforzado con el elemento “motivador” para que nos apuráramos en tomar una decisión: “Hasta que esto no se arregle no tendrán la autorización para salir del país”. Éramos, básicamente, rehenes del Estado. Para ayudarnos a tomar una decisión lo mas rápido posible, “y así poder salir del país” se nos comenzó a amenazar con investigaciones sobre el programa de educación cívica y democrática que estuvo realizando el proyecto durante los dos años de actividad en el país. Las preguntas eran entonces del tipo: “cuantas armas le dieron a los movimientos de insurgencia”, “cuanto dinero le dieron a los partidos de oposición” etc. lo que, como se podrán imaginar, tuvo un efecto maravilloso sobre nuestro estado de animo. Como después de todo este era un proyecto financiado por el gobierno Americano, recurrimos a la embajada, porque estábamos verdaderamente asustados, dado el tono de las amenazas. Mientras tanto preparábamos una respuesta (básicamente pagar), y un plan “B”, por si las amenazas continuaban, que consistía en salir soplados en un vuelo “charter” y de manera clandestina por la misma ruta que hice cundo fui a las fuentes del Nilo azul, y donde sabia por experiencia propia que no habría control alguno. Con todo eso en la mano fuimos a anunciar que finalmente íbamos a pagar al personal que inicialmente había sido nominado para esta compensación, o sea a la gente de las oficinas del norte. Recordaran que este país ha sido dividido en dos, el norte y el sur con gobiernos separados y leyes diferentes. Este anuncio, en vez de calmar las cosas, no hizo más que desatar el caos que nos atropelló toda la semana siguiente. Resulta que las leyes laborales aquí son bastante vagas, y evidentemente todo el mundo las interpreta a su manera. La regla general sin embargo es una: En caso de litigio con tus empleados, si eres una ONG extranjera, ellos siempre ganan. Los locales tienen otras maneras de lidiar con esta situación; usan sus influencias con la burocracia para sacarse el lío de encima y ya! Claro, también todo esto es herencia de un Estado que llenó a su clase trabajadora de prebendas y privilegios: las vacaciones, las compensaciones, las horas extras etc., etc. todo maximizado y fuera de proporción. De ahí que cualquier persona busque tener un contrato de trabajo para sentirse seguro, ya que luego de haber trabajado 3 meses en una empresa, queda asegurado de por vida; no se le puede despedir porque las compensaciones que se le deben pagar son enormes y ahorcarían a la empresa. La noticia que los gringuitos iban a pagar, por supuesto corrió como pólvora y en los días siguientes toda persona que durante estos dos años tuvo alguna relación de trabajo con nosotros, aunque fuera de unos pocos meses o que hubiese sido despedida (con sus compensaciones por cierto), vino a golpear a la puerta, no de la oficina nuestra, sino a la de Mutasim. Hasta un señor que había sido despedido por haberse robado 5 mil US de la caja del proyecto vino a reclamar su indemnización por cierre del proyecto! La lista seguía creciendo. Y claro, como en las películas de John Wayne, finalmente ¡llegaron los marines! ... pero tarde. El daño ya estaba hecho. La intervención de la embajada, tratando de proteger a ciudadanos americanos de las amenazas del gobierno de Sudan, no hizo mas que caldear los ánimos y adoptar una actitud mas intimidante, no con amenazas políticas sino con el tema que no saldríamos nunca de aquí, porque además de pagar al personal ahora habría que verificar el inventario hasta su mas mínimo detalle, esperar que el seguro social donde depositábamos las compensaciones laborales diera el resultado de su auditoria para saber si se había pagado todo, en fin todo lo que podría dilatar la resolución de nuestra situación estaba ahora sobre la mesa. Es curiosa la manera de enfrentar estas situaciones que tiene la gente aquí: se habla, se habla, se eleva el tono de la voz (el sonido del árabe se presta mucho para dar la impresión que la gente esta furiosa) pero al final del momento todo el mundo te sonríe, te da la mano y te dice que no tienen nada contra ti. Además “they never take no for an answer” (nunca toman un no como una respuesta). Todo es negociable hasta el final. Así que no tuvimos más remedio que pagar 325,000 dólares en compensaciones. Mutasim feliz; ¿seria por el bienestar de los empleados? Craso error. Ya faltando dos días antes de obtener el permiso de salida, que en principio estaban por darnos (todas las demás investigaciones fueron “milagrosamente” olvidadas, incluyendo las del seguro social), cayó a la oficina de Mutasim la gente del sur a pedir lo mismo que le habíamos dado a los del norte. Y si, el país será grande y estará divido en dos, pero no tan grande ni tan dividido cuando se trata de plata. Y nuevamente se armó la pelotera. Por supuesto hubo que pagar. Hasta el abogado que trabajó 4 horas para nosotros durante un periodo de 5 meses quería sus 6 meses de compensación. Curiosamente en este caso hubo acuerdo que “eso ya era abuso”, y ahí si no pagamos. Seguramente el abogado se olvido de negociar la “comisión” con Mutasim antes de venir donde nosotros. En este caso el error fue suyo. Bueno, pero a la final, no era más que dinero... Y, de alguna manera, sentía que después de todo los que se va del sur para el norte, esto no era más que una “recuperación” de fondos para quienes han dado tanto y recibido tan poco... Y si, finalmente la parte grata de todo esto fue que con ese dinero Kadiya, la señora de la limpieza pudo comprarse su casita en Etiopía, y que Waleed, mi chofer, pudo comprarse media casita en Khartoum (los precios son ridículamente altos) y que Mohammed Suleiman, uno de los asistentes pudo finalmente tener dinero para desarrollar su consultorio de servicios veterinarios al cual se dedicara de ahora en adelante. Si, porque detrás de toda esta historia, aparentemente de conspiraciones políticas, siempre hay el otro lado, el lado humano el cual, afortunadamente, no me perdí... gracias a la gente, a mi gente, a ese grupo de individuos que trabajaron conmigo y cuyas vidas logré tocar a pesar de la brevedad de nuestra relación. Finalmente, cada uno vino a verme, a pedirme disculpas por el incidente (que no había sido idea de ellos, por supuesto) y a contarme lo que harían con el dinero que acababan de recibir. Todos vinieron a decirme lo importante para sus vidas que estaba siendo ese “bono inesperado”...salvo uno que me dijo directamente que con ese dinero pensaba vivir hasta que se le acabara y que después de eso, ahí vería. Creo que tenia ancestros latinoamericanos! Hasta que llego, al día siguiente, el momento de partir. En realidad salí apenas tuve la visa de salida, adelantando mi partida un par de días antes de lo planeado, en caso de que algo más sucediera... No hubo tiempo para grandes manifestaciones a pesar que algunos de mis ex empleados fueron a dejarme al aeropuerto (y aún me llaman por teléfono de tanto en tanto). Solo una última recorrida nostálgica por la ciudad y los lugares que fueron parte de mi cotidianidad: la oficina, el ministerio, la tiendita de la esquina, la mezquita cuyo imán me despertaba 5 veces por día con sus llamados a la oración “en mi oreja”, gracias a su equipo de sonido nuevo, el señor que se sentaba todas las mañanas en la esquina de mi casa y que me saludaba afectuosamente (y de quien luego me enteré que era el mendigo del barrio, pero que no pide sino que se sienta ahí y la gente que lo conoce le da caridad, una de las obligaciones del buen musulmán. Hasta que llegamos al aeropuerto, con sus pistas llenas de aviones de las Naciones Unidas y aviones de carga que traen constantemente la asistencia extranjera para alimentar a la gente del país que ha sido considerado desde la época de los Egipcios como “el granero del África”. Porque esa es, finalmente, la gran ironía de Sudan.

9 de mayo de 2008

Los Faraones Negros

Para conocer la historia la historia antigua de Sudán, sin duda no hay que ir al museo de arqueología de Khartoum, porque no sólo es poco lo que allí se puede encontrar, sino que no hay ninguna o muy poca información sobre la exposición. El museo es un edificio de una sola planta donde, en un solo y gran salón se codean culturas que van desde el paleolítico hasta el imperio egipcio, el que, créanlo o no, es como de los más recientes de la historia antigua. A la entrada, luego de pagar la libra que cuesta ingresar (US 0,50), un señor se te para al lado y se ofrece a hacer de guía. Como en realidad no tienes otra opción, el susodicho caballero te acompaña o, más bien, te sigue como una sombra y, delante de cada vitrina, te da la explicación del caso. Esto es: frente a una vitrina que contiene objetos de piedra dice: “esos son objetos de piedra” y ante otra que tiene objetos de madera agrega: “esos son objetos de madera”. Todo eso en un inglés bastante precario. Así que para conocer algo de la historia antigua de Sudán decidí que sería mejor ir a conocerla en el lugar mismo de los hechos. Por eso, aprovechando la visita de mi mujer*, tomamos un vehículo con chofer y nos fuimos para el norte. Si Sudán en general es un país desértico, el norte es el desierto del desierto. Viajamos cerca de 3 horas por una carretera perfectamente pavimentada (la que va a Port Sudán, la segunda ciudad del país), hasta que de repente y sin mediar señal alguna, el jeep se salió del asfalto para internarse a campo traviesa, siguiendo una huella débilmente marcada en la arena. Por supuesto, no logramos ver nada que permitiera adivinar hacia donde íbamos… Confiábamos que el chofer sí lo supiera. En efecto lo sabía. Cuando nos detuvimos luego de una hora de trayecto, nada permitía adivinar que hubiésemos llegado a algún lugar. Solo se veía un pozo rodeado de campesinos que extraían laboriosamente agua con un balde y una soga que había que subir unos 20 metros con la preciosísima carga, para ser vertida en unas bateas de donde tomaban agua mulas y camellos y se servían las mujeres que allí estaban quienes, a propósito, siempre son las que se encargan de las tareas pesadas mientras los hombres “vigilan”. Sólo supimos que habíamos llegado a Naga, el primer sitio arqueológico de nuestra ruta, porque de la nada salió un señor a cobrarnos US10 por persona para entrar a visitarlo. Afortunadamente ya nos habían advertido que lleváramos cambio pequeño porque, evidentemente, ese sería el único dinero que vería ese señor en el día, la semana o el mes, por lo que ni soñar con que nos diera un vuelto o, tal vez, lo daría en leche de camello... Atravesar ese desierto sembrado de arbustos espinosos y ver el sitio arqueológico fue una experiencia sobrecogedora. Luego de unos 200 metros al final de una colina, se abrió ante nuestros ojos un lugar impresionante: una gran avenida bordeada por esculturas talladas en piedra representando carneros, nos condujo a un templo que recuerda, aunque en proporciones más pequeñas, a la entrada de Karnac en Egipto. El lugar está semi-sumergido en la arena pero, aún así, se puede adivinar que ahí yace un sitio muchísimo mayor que lo que se ve. El problema es que no ha habido quien lo estudie, porque ese es el otro gran drama de Sudán; nadie se interesa por su pasado. Una hora más de travesía por ese desierto sin señalización y llegamos a Mussarawat, una ciudad de grandes proporciones que no tiene nada que envidiarle a los sitios egipcios tan famosos y visitados, salvo ¡claro! que ahí tampoco vimos mucha evidencia de que se hubieran realizado excavaciones o investigaciones sostenidas. Nos mostraron unas construcciones sobre las que nos dijeron servían para alojar a los arqueólogos de una expedición italiana que suele permanecer durante tres meses al año en el lugar. Lo cierto es que la arena aún cubría la mayor - tal vez la mejor parte- de todo el lugar. En todo caso, lo que logramos vislumbrar era maravilloso, nos daba cuenta de una civilización que aparentemente precedió a la egipcia, aunque eso, como en todos los lugares arqueológicos que se visitan, hay que tomarlo con “pinzas”. Siempre te dicen que el lugar en el que estás es el más antiguo, el más maravilloso y que es único en el planeta tierra. Será lo que llaman “el orgullo nacional” lo que hace decir eso? Llevábamos casi un día entero de viaje con algunas galletas y un té cuando pasadas las 3 de la tarde llegamos a Merowe, el SITIO arqueológico de Sudán. El lugar es tan impresionante que obró el milagro de quitarnos el hambre. Unas 20 o 30 pirámides, muchas de ellas semi-cubiertas de arena y bastante más pequeñas que las famosas de Egipto, pero situadas en las laderas un valle que las hace resaltar mas aún contra un cielo azul y despejado, nos preparaba para el atardecer. Luego de dejar nuestras cosas en el hotel o, mejor dicho en las carpas donde pasaríamos la noche y haber bebido un delicioso refresco de Karkadet, hibiscus, o flor de Jamaica, -como se la llama en Latinoamérica- fuimos a recorrer las pirámides a pie, seguidos por una serie de personajes que te ofrecían llevarte a lomo de unos camellos que lucían tan escuálidos como aburridos. El paseo en camello lo dejamos para otro día. Esa tarde queríamos gozar de la experiencia irrepetible de encontrarnos a solas con el pasado de ese lugar, enterrados en la arena hasta las rodillas. Fue sin duda una experiencia única. En general, sitios como éstos, en otros lugares del planeta, siempre están llenos de gente; turistas que pasan en tropeles y que no te dejan vivir la energía particular que esos lugares poseen. En este caso, el sitio nos ofreció toda su silenciosa magia y sus historias de pasado, solamente moduladas por el suave murmullo del viento del atardecer y el titilar de las estrellas que comenzaban ya a instalarse en el firmamento. La puesta del sol y la llegada de la noche las vivimos desde la terraza del hotel, el cual, a pesar de su aparente precariedad (todas las habitaciones consisten en grandes carpas de campaña, levantadas sobre una base de cemento y amobladas por dentro con lo todo lo necesario), ofrecía un espectáculo único: el conjunto de pirámides recortándose contra el horizonte, por el lado donde se escondía el sol y luego iluminado por un inmenso mar de estrellas que poblaba el cielo del desierto, recorrido por la vía láctea... Todo esto acompañado de una música especialmente escogida por los dueños italianos del hotel, para hacerte la experiencia aún más extraordinaria, si eso era posible. A la mañana siguiente, las pirámides aún estaban ahí pero ya no solas. A la entrada del hotel una media docena de camellos flacos y sin duda muy poco interesados en ningún tipo de tour o recorrido, esperaban con sus respectivos camelleros para darnos el famoso paseo que habíamos postergado el día anterior. Ahí estaban desde al amanecer para ver a quien le tocaría en suerte ganarse las 20 libras que nos cobrarían por el paseo. También había 4 personas con artesanías variadas -no muy elaboradas por cierto, cositas pequeñas hechas a mano por ellos mismos: collares de cuentas, estatuitas de “ébano” recién pintado de negro…entre otras chucherías poco atractivas. Por supuesto, cada cosa costaba 20 libras!!!, Cifra que al parecer era la única palabra que sabían en inglés “Twenty mister”, “twenty mister”, era lo que repetían cada vez que preguntábamos por algo. ¡Eso son diez dólares después de todo! Claro que cuando les ofrecimos pagar cinco por alguna que otra cosa que compramos, quedaron igual de contentos y nos despidieron con sonrisas y todo... ¡Arriba de un camello la vida es más sabrosa! y la perspectiva cambia ciento por ciento. El único problema es bajarse sin que el camello te tire, ya que estos inmensos cuadrúpedos se arrodillan con las patas delanteras y de manera bastante brusca y se quedan así, por unos segundos, y luego bajan las de atrás. Durante la maniobra hay que agarrarse muy firme de la montura para no salir disparado por arriba de la cabeza del animal, cosa no poco frecuente, según nuestra propia experiencia camellística en Egipto. Luego, otras tres horas de carro por carretera pavimentada y de regreso a Khartoum, sin un solo dato, sin un solo folleto explicativo, o tan siquiera una hoja volante suelta que nos diera información
sobre lo que habíamos visto. Porque esa es otra realidad de Sudán: es un país sin turismo, con lugares mágicos y atractivos pero totalmente solitarios en los que el turista es una especie poco conocida y no siempre bienvenida. Sitios maravillosos que nunca serán visitados, a menos que uno se lo proponga específicamente y, a veces, hasta luchando contra corriente con las condiciones locales. * Amparo Ponce

30 de enero de 2008

Khartoum: un gigante con pies de barro

Khartoum es el sitio en donde el Nilo comienza su existencia como tal. La ciudad esta plantada en el centro de la confluencia del Nilo Blanco y el Nilo Azul, ríos que juntan sus historias en un cauce común, luego 10 kilómetros en los cuales mantienen sus aguas separadas pudiéndose distinguir, claramente, el agua transparente de uno y la azul del otro. La forma que tiene el Nilo en la primera parte de su trayecto luego del punto de confluencia, es el nombre que lleva la ciudad, Khartoum, que significa “trompa de elefante”. Un lugar que según dice la historia, siempre existió en tanto asentamiento humano ya que, como confluencia de dos ríos navegables, fue y sigue siendo un importante lugar para el intercambio comercial. Sus formas fueron diferentes: desde un simple puerto en el que se detenían los barcos Egipcios que descendían por el Nilo Blanco cargados de productos obtenidos en el África negra, hasta un pueblito comerciante donde las caravanas embarcaban los productos provenientes de Darfur y traídos de los confines del Sahara, tan lejanos como Nigeria, Malí o Chad, y ahora, una gran ciudad.
La historia es como sigue. Los ingleses, en el siglo XIX, o sea que no hace mucho si tomamos en cuenta el tiempo desde el cual este lugar existe, hicieron de este enclave Egipcio-Otomano (ya que los Egipcios en la época de la expansión del imperio Otomano construyeron un pueblo y una guarnición militar). Una pequeña ciudad colonial, provincial, bien planificada, con calles perpendiculares, parques, una rambla arbolada a lo largo del Nilo Azul y una intersección de calles diagonales con la forma del “Unión Jack” para recordar seguramente quienes eran los amos ahora, ahí. (En la imagen, Tumbas Turcas). Y así, Khartoum, durante una gran parte de estos “tiempos modernos” fue una pequeña capital provincial, en el “imperio donde nunca se ponía el sol”. Como tal, una encantadora ciudad con frondosos árboles, mansiones con bellos y enormes parques y coquetas casas con jardín para los funcionarios locales. Por sus calles, perfectamente mantenidas, circulaban taxis, carros ingleses impecables y conducidos por taxistas también impecablemente vestidos con jellabas y guante blancos, que te abrían la puerta, te hablaban con cortesía y sabían adonde iban.
Barro, arena y cemento. Hoy en día es una ciudad de casi 10 millones de habitantes, donde lo único que ha sobrevivido es la organización de su patrón urbano. En efecto, a diferencia de todas las demás ciudades del mundo árabe, Khartoum mantiene aun calles perpendiculares y paralelas en su plano urbano. Fuera de eso, la ciudad es por lo menos 20 veces mas grande de lo que fuera en la época colonial inglesa, de la cual solo se conservan los vestigios derruidos y mal conservados de sus antiguas residencias, que forman el centro de la ciudad...y esa intersección de calles formando el “Unión Jack”. Dicen que, de un extremo al otro, la cuidad tiene unos 50 Km. de largo. Eso nunca lo pude comprobar, porque desde el aire es difícil distinguir las construcciones de barro de las casas de los suburbios, ya que se confunden con el marrón de las arenas del desierto sin que haya ni un solo pedacito de verde que permita ver donde termina el asentamiento urbano y donde comienza el desierto.
Tres en una: congestión y ruido. Es una ciudad ordenada pero congestionada, como si de repente un ataque de progreso y modernización la hubiera atacado, llenándola de carros y edificios en construcción. Nada, o casi nada se encuentra terminado. Todo esta en construcción, o derruido. Pero no se construyen casas sino edificios de 20 pisos. Y muchos. Y todos a la vez, con lo cual la congestión de camiones se suma a la de carros y carretas aun tiradas por mulas, y a los miles de “rikshaws”, motos-triciclos traídas de la India y que son usadas como taxis, conducidos por chóferes improvisados que apenas saben manejar y menos aun, conocen la ciudad. Para tomar un taxi hay que primero negociar el precio, explicando cuan lejos esta el lugar donde se quiere ir, y luego indicarle al chofer por donde hay que ir para llegar a destino. Khartoum no es una sola ciudad, son tres. Durante su historia se hicieron tres ciudades en tres lugares diferentes, pero que ahora están dentro del radio urbano de una misma ciudad. La primera y que hoy se llama Khartoum Norte, queda sobre el Nilo, es decir al norte de la confluencia del río y fue el puerto fluvial usado por los egipcios desde los tiempos faraónicos. Una segunda creada por el líder religioso musulmán El Mahdi, que combatió a los ingleses a fines del siglo XIX y creó, justo al frente del asentamiento ingles, una ciudad que sería islámica y santa: Omdurman. Esta, por supuesto, no tiene trazado colonial y sus calles, hasta el día de hoy, son un maravilloso entrevero de recovecos y olores que recuerdan los cuentos de las mil y una noches. Ahí, por supuesto, se encuentra el mercado o souk. La primera vez que supe de esta historia fue en una película de los años 60 protagonizada por Charlton Heston y Rita Haworth donde se describe la guerra del Mahdi, que conquistó casi todo el norte de Sudán pero terminó derrotado por las fuerzas del general británico, Gordon, precisamente en Khartoum, en Technicolor y Cinemascope, ambas marcas registradas en esa época. Y al frente de Omdurmán se desarrolló el Khartoum inglés, una pequeña pero cosmopolita ciudad en la cual cohabitaban mezquitas, iglesias, templos protestantes, una iglesia ortodoxa y una copta cuyos restos subsisten hasta el día de hoy. Todavía persisten los recuerdos de esta ciudad con sus cafés de mesitas en la vereda, bares con músicas de todo el mundo, centros culturales y círculos literarios. Si, porque Khartoum fue un centro universitario que atrajo estudiantes de todo el éste africano y donde se desarrollaron importantes movimientos intelectuales y se creó, en los 50, el partido comunista más grande y poderoso de toda África.
Entre luces y sombras. Pero, y entonces, ¿Que pasó? Básicamente tres cosas. La primera, un periodo de gobierno socialista entre los años 50-60 el cual, por supuesto, rompió el urbanismo provinciano de las mansiones del centro, remplazándolo por enormes mastodontes ministeriales que recordaran al ciudadano común donde estaba el poder. Todavía esa área se llama “el sector de los ministerios”. Luego, a partir de 1989, se instaló en el país un gobierno islámico conservador que se dedicó a lavarle a cara a esta “ciudad del pecado”. Así, se cerraron bares y clubes nocturnos, se confiscó todo el alcohol de la ciudad y se tiró al río. Dicen que aparecían peces flotando, intoxicados hasta 50 Kms río abajo (o río arriba, según como se mire el mapa). También se persiguieron y exterminaron todas las ideas que no fueran emanadas directamente del Corán, y se llenó la ciudad de mezquitas que, a toda hora del día y de la noche, llenan el espacio auditivo con el sonido de las plegarias difundidas por poderosos amplificadores de sonido. Todo eso ha logrado, luego de 18 años, destruir definitivamente el alma de esta ciudad. Y, finalmente, hace nada más entre 4 y 6 años, el boom económico generado por la plata del petróleo, lanzó a esta ciudad en una carrera frenética hacia la metrópoli y el modernismo, financiada con capital chino y desarrollado con mano de obra traída de las Filipinas y Bangla Desh. Todo esto no hizo más que crear un terreno fértil para que germinaran las semillas de las profundas contradicciones que existen hoy en esta ciudad. Si, porque Khartoum es un gran pueblo, lleno de gente extraña y ahora extranjera. Es una ciudad en donde una profesora es condenada a la cárcel y casi a muerte, por darle al osito de peluche y mascota de la clase el nombre Mohamed. Es un lugar donde, según me enteré, la muerte reciente del joven americano que trabajaba en la AID*, pudo suceder por una venganza familiar porque, aparentemente, tenía amores con una joven local. Es una metrópoli que se llena de hoteles 4 y 5 estrellas ($300 y $400 US noche), donde no se sirven bebidas alcohólicas (caso único en el mundo islámico), y en la que en un restaurante hindú que servía ‘discretamente’ gin and tonic a sus clientes extranjeros, fue multado y cerrado. Sin embargo, también es una ciudad en la que se puede llamar a un número de teléfono –que circula muy discretamente- y comprar todas las bebidas alcohólicas que se deseen y puestas en la puerta de la casa. Sino, ¿como explicar los numerosos accidentes de tránsito que se registraron durante la noche de año nuevo (y que se registran cada fin de semana), causados por personas conduciendo en estado de embriaguez? Quien sabe, también, que otros ‘servicios’ y números telefónicos deben existir... (Imagenes: Puente sobre el Nilo Azul, Venta de gorros, Ministerio de Telecomunicaciones, Ozono, lugar que frecuentan los gringos y Ministerio del Medio Ambiente).
El plan es que no hay plan. Hoy día Khartoum es una compleja maraña de contradicciones. Sus grandes avenidas pavimentadas contrastan con las calles laterales aún de tierra. Enormes edificios en construcción, de los cuales se destaca el hotel de 5 estrellas en forma de huevo gigante que Kadaffi esta construyendo sobre el Nilo Azul, que contrasta con el mercado de camellos que se lleva a cabo en Ondurman dos veces por semana. Su moderno e inmenso aeropuerto, situado en medio de la ciudad, constituye una poderosa fuente de polución sonora, especialmente en la noche, hora predilecta para llegada y salida de vuelos internacionales. Ruido que compite con el de las incontables mezquitas que, por lo menos 5 veces por día, vuelcan sus llamados a la plegaria en sus ultramodernos equipos de sonido. Y sin embargo, en Khartoum no hay nada que hacer. Yo le había dado el premio de la ciudad más aburrida del mundo a Tegucigalpa, en donde estuve hace 20 años atrás, y en dónde lo único que había por hacer era ir a la única sala de cine todos los días. Bueno, ahora el galardón se lo lleva Khartoum, donde ni siquiera hay cinema. Y si, esta compleja urbe, a pesar de todo el progreso material, aún no ha encontrado algo que darle a sus habitantes. No hay mucho consumo, es la ciudad más cara del mundo, no hay diversión, ha perdido su alma y no tiene personalidad. Lo que si hay es mucho, pero mucho dinero. Con lo cual se demuestra una vez más que el dinero no hace la felicidad.
Feriados pero sin fiestas. Curiosamente, Khartoum es una ciudad que, entre diciembre y enero, esta prácticamente paralizada por los feriados. Este año lo comenzamos con la gran fiesta musulmana del Eid, o fin del Ramadan que es una fecha variable (ya que el calendario islámico es lunar y no coincide con el nuestro que es solar), y que se realizó a partir del 20 de Diciembre y duró 4 días. Luego seguimos con navidad, después año nuevo, que también son días feriados aquí. Cuando ya creíamos haber terminado con los días festivos, siguió la navidad ortodoxa Etiope, que celebró el año 2000 comenzando el siglo XXI, el 7 de Enero. Se continúo con el Día de la Paz el 9 de Enero (que conmemora la firma de los acuerdos de paz que terminaron con la guerra entre norte y sur), y al día siguiente, el 10 de enero, el año nuevo islámico. A esta altura me preguntaba si también celebrarían las elecciones primarias en USA que fueron domingo 14… (En imagen, Iglesia Copta). Puede pensarse que, como en ‘nuestro mundo’ todas estas ocasiones festivas son un pretexto de celebración para salir a las calle a bailar y comer, aparentemente no es así. Bueno, por lo menos no como nosotros lo vivimos. En esos días las calles están vacías aunque si se escuchaba música a la distancia... Y, de tanto en tanto, fuegos artificiales lo que me hacia preguntar donde seria la fiesta porque yo no veía nada. Luego me enteré que, como todas las cosas en esta sociedad, si hay fiestas y muy animadas y hasta muy tarde (todo comienza tarde y termina tarde, inclusos los negocios están abiertos hasta la medianoche), pero en clubes privados, en casas etc. La más famosa es la del Club Copto, la religión más antigua de Sudán originada por los primeros cristianos en Egipto en el siglo I DC. Aquí son un grupo poderoso y riquísimo y dicen que las fiestas en el Club Copto son de una opulencia digna de las mil y una noches. Pero, como muchas cosas aquí, nada se puede ver a la luz del día. (Imágen de tejido Museo Etnografía). Así es, el alma de esta ciudad sigue escondida, esperando tal vez que un día amanezca y se haga la luz... Sudán sigue siendo el país de la oscuridad. AID* Agencia Interamericana de Desarrollo (USA).
FOTOS Luis Rodriguez - Retoque Digital, Gloria Ortega Pérez.

13 de enero de 2008

Por la puerta de Sudán: Ámsterdam

Llegamos a Amsterdam en el mismo vuelo que unos meses atrás me trajo a Khartoum, junto con unos 15 bebés y niños etíopes. En efecto, este vuelo sale de Ámsterdam, hace escala en Khartoum y sigue hacia Addis Abeba para, de ahí, regresar directo a Ámsterdam. Es un vuelo nocturno. Esta vez, en Addis, se subieron varias parejas de holandeses jóvenes con bebés y niños etíopes en brazos, que los llevaban de regreso a Holanda luego de haberlos adoptado, seguramente, después de un largo y engorroso trámite, muy propio de los países de este lado del mundo. Ese fue mi primer contacto con Holanda y su gente. En Amsterdam las calles huelen a marihuana y encuentras un restaurante argentino casi en cada esquina. No hay restaurantes mexicanos, ni chinos, ni árabes como en otros lados. De hecho no vimos ni uno solo mexicano, sólo unos cuantos chinos, en el barrio chino y un solo restaurante árabe, aunque estoy seguro que debe haber más en algún lugar. Es una ciudad encantadora, aunque fría de temperatura, por lo menos en esta época del año. Esta llena de gente de otros lados del planeta, dicen que hay representadas 170 nacionalidades y es la segunda ciudad del planeta por su diversidad; la tercera es Nueva York. La gente en su gran mayoría, por no decir todos, es simpática, sonriente y de buen humor. ¿Será que todo el mundo anda volado (trabado)? Lo primero que se siente en este lugar es su alma… No sé si será porque nos impresionó particularmente ese bello gesto de humanidad de la gente de ir a adoptar niños en Etiopia (muchos de ellos viajaban incluso con sus propios hijos en el avión), pero nos quedamos con la sensación de que hay un alma muy linda en este lugar, que se trasluce en la energía que emana la ciudad. Todo se vive sin drama, con una actitud relajada y yo diría que hasta alegre. La gente en las tiendas tiene tiempo para conversar de manera agradable y ligera. Hay sentido del humor y no se “quejan” del clima, no se “quejan” de los precios (bien caritos por cierto para unos pobres cristianos dolarizados como nosotros), no se quejan, punto. Y yo me preguntaba ¿Por qué habrá tanto argentino por aquí? ¿Será que habrán venido a aprender a no quejarse tanto y de todo? Es un lugar llenos de cosas insólitas: hay una tienda que vende adornos de navidad todo el año, porque “todos los días son navidad”, y otra donde venden flores, bulbos de tulipanes y sobrecitos de semillas de cannabis, todos con etiquetas que dicen “producto holandés de gran calidad”. En la misma calle conviven casas de habitación, sex-shops, coffee shops y las famosas vitrinitas con las muchachas adentro, en principio, tratando de atraer clientes para practicar el “deporte más antiguo” pero, en realidad, conversando animadamente entre ellas, seguramente de problemas cotidianos. Y nada se pelea con nada. Todo convive de manera, no sé si armónica, pero sin que se evidencie una diferencia. En una ocasión, de hecho, pensábamos que estábamos caminando por un barrio residencial cuando nos topamos de manos a boca con las vitrinitas y los sex-shops. Afuera, la calle seguía oliendo a marihuana y, sin embargo, la gente transitaba tan tranquila. Conversando con una amiga en Paris me contó que el Alcalde de Ámsterdam había propuesto una serie de medidas para sacar los sex-shops y toda la actividad relacionada del centro de la ciudad y, en su lugar, poner tiendas de lujo, pero que la gente “se alzó en armas”, oponiéndose a tal atrocidad porque le quitaría su sabor a la ciudad. ¿Será ese el sabor de lo insólito? Y sí, Amsterdam es una ciudad, una verdadera ciudad, o sea con ciudadanos, con gente que no solo vive y ocupa espacio y servicios, sino que tiene una identidad: Amsterdam está integralmente hecha por la gente que vive en ella. Y eso lo entendimos claramente al visitar el museo de la ciudad. ¿Qué hay en el museo? Ni más ni menos que la historia cotidiana de Amsterdam desde el momento mismo de su creación. No son sólo “los hechos históricos importantes” –que también están representados- sino las cosas cotidianas a través del tiempo: cómo era esa casa que aún hoy existe en una esquina cualquiera... a la que se puede ver, por fuera y por dentro, en el año 1.300 y en el 1.500 y en el 1.900 y ahora, en el 2007. No es un museo donde hay “gente famosa” sino gente como la que se ve pasar todos los días por la calle. Uno se topa en una de las salas con la recreación de un bar y, en otra, con fotos de gente andando en bicicleta en el 1.900, en los años 30, 40, 50 y ahora en el siglo XXI; fotos de un coffeee shop, de un sex-shop y, por supuesto, de las vitrinas con las señoritas aburridas esperando que pase algún cliente para un sexo rápido… y me imagino que caro... Ámsterdam es la ciudad de las bicicletas; hay miles y miles de ella, por todos lados. Pocos carros circulan por sus calzadas, casi todo se hace en transporte público y en bicicleta, a pesar de los varios grados bajo cero que no parecen espantar a nadie, ¡ni siquiera a las muchachas en minifalda...! Hay carriles especiales para bicicletas y parqueos especiales para bicicletas. Hay turistas atropellados por bicicletas (la falta de costumbre de convivir con ellas) y semáforos especiales para ellas. Toda la ciudad esta concebida para andar en bicicleta. Hay pocos autos y, por consiguiente, pocos parqueos para autos. En realidad no vimos ni un solo parqueo público, ni lote, ni edificio. Es muy posible que la gente deje sus carros afuera del centro y entre en transporte público, unos tranvías limpios, silenciosos, sin música estridente, ni chofer malhumorado. Además de no haber muchos parqueos para carros, al parecer también parquear es peligroso porque uno tiene que hacerlo a los costados de los canales y nos contaban que hasta hace poco, en promedio, se caía un carro al agua por día. Ahora han puesto unas pequeñas barandas para detener los autos; y ¡claro!, con casi 2.000 bares y night clubes en el centro, es entendible que hubiera tanto “accidente” especialmente de noche. Sin embargo, y a pesar de todo, esta ciudad se está despoblando. Tiene en la actualidad casi 100 mil personas menos que hace 30 años. ¿Por que? Bueno, por muchas razones, pero una de ellas es sin duda que es una ciudad sumamente cara y difícil para vivir en ella. Para poder conseguir un departamento en la ciudad hay que inscribirse en una lista y el tiempo promedio de espera es aproximadamente ocho años! Y ¿los precios? ¡Casi medio millón de euros por un piso, y no muy grande…! O sea que se van los holandeses y llegan los jóvenes de todas partes del mundo, a vivir sus vidas de jóvenes; estudiando, trabajando en restaurantes, en bares, en hoteles; polacos, búlgaros, turcos y de todos esos países recientemente ingresados a la comunidad europea, o que quieren ingresar. Tal vez esta sea una nueva forma de división de clases; ricos globalizados y pobres ciudadanos de nuevos países comunitarios europeos… Pero todos hablando holandés e ingles. ¿Será esa la nueva sociedad mundial, globalizada y planetaria que está surgiendo? Tal vez… Pero si es como Amsterdam, la verdad es que no me parece tan mal. Si, todavía hay ricos y otros no tan ricos, pero a los ricos no se les ve, así que no molestan, y no son ostentosos, ni tienen sus barrios exclusivos y seguramente también fuman marihuana y caminan por entre los sex-shops y van a los cafés. En cambio, la vida cotidiana tiene una calidad que raramente se encuentra en otros lugares: es deliciosa. Y diferente; como en ese aviso que vimos en la televisión local. Era el típico aviso de comida para bebé: un padre que estaba en casa dándole de comer a su hijo mientras el otro llegaba y se maravillaba de que su bebé estuviera comiendo tan rico gracias a (y ahí venia la marca del producto). Sin embargo, lo curioso es que el que estaba en casa dando de comer al bebe era el padre y quien llegaba de la oficina…era la madre! La observación que nos hicimos cuando lo vimos fue: falta aún mucho tiempo para que en nuestros países se pueda hacer un comercial así.
Fotos de Amparo Ponce y Luis Rodriguez