13 de enero de 2008

Por la puerta de Sudán: Ámsterdam

Llegamos a Amsterdam en el mismo vuelo que unos meses atrás me trajo a Khartoum, junto con unos 15 bebés y niños etíopes. En efecto, este vuelo sale de Ámsterdam, hace escala en Khartoum y sigue hacia Addis Abeba para, de ahí, regresar directo a Ámsterdam. Es un vuelo nocturno. Esta vez, en Addis, se subieron varias parejas de holandeses jóvenes con bebés y niños etíopes en brazos, que los llevaban de regreso a Holanda luego de haberlos adoptado, seguramente, después de un largo y engorroso trámite, muy propio de los países de este lado del mundo. Ese fue mi primer contacto con Holanda y su gente. En Amsterdam las calles huelen a marihuana y encuentras un restaurante argentino casi en cada esquina. No hay restaurantes mexicanos, ni chinos, ni árabes como en otros lados. De hecho no vimos ni uno solo mexicano, sólo unos cuantos chinos, en el barrio chino y un solo restaurante árabe, aunque estoy seguro que debe haber más en algún lugar. Es una ciudad encantadora, aunque fría de temperatura, por lo menos en esta época del año. Esta llena de gente de otros lados del planeta, dicen que hay representadas 170 nacionalidades y es la segunda ciudad del planeta por su diversidad; la tercera es Nueva York. La gente en su gran mayoría, por no decir todos, es simpática, sonriente y de buen humor. ¿Será que todo el mundo anda volado (trabado)? Lo primero que se siente en este lugar es su alma… No sé si será porque nos impresionó particularmente ese bello gesto de humanidad de la gente de ir a adoptar niños en Etiopia (muchos de ellos viajaban incluso con sus propios hijos en el avión), pero nos quedamos con la sensación de que hay un alma muy linda en este lugar, que se trasluce en la energía que emana la ciudad. Todo se vive sin drama, con una actitud relajada y yo diría que hasta alegre. La gente en las tiendas tiene tiempo para conversar de manera agradable y ligera. Hay sentido del humor y no se “quejan” del clima, no se “quejan” de los precios (bien caritos por cierto para unos pobres cristianos dolarizados como nosotros), no se quejan, punto. Y yo me preguntaba ¿Por qué habrá tanto argentino por aquí? ¿Será que habrán venido a aprender a no quejarse tanto y de todo? Es un lugar llenos de cosas insólitas: hay una tienda que vende adornos de navidad todo el año, porque “todos los días son navidad”, y otra donde venden flores, bulbos de tulipanes y sobrecitos de semillas de cannabis, todos con etiquetas que dicen “producto holandés de gran calidad”. En la misma calle conviven casas de habitación, sex-shops, coffee shops y las famosas vitrinitas con las muchachas adentro, en principio, tratando de atraer clientes para practicar el “deporte más antiguo” pero, en realidad, conversando animadamente entre ellas, seguramente de problemas cotidianos. Y nada se pelea con nada. Todo convive de manera, no sé si armónica, pero sin que se evidencie una diferencia. En una ocasión, de hecho, pensábamos que estábamos caminando por un barrio residencial cuando nos topamos de manos a boca con las vitrinitas y los sex-shops. Afuera, la calle seguía oliendo a marihuana y, sin embargo, la gente transitaba tan tranquila. Conversando con una amiga en Paris me contó que el Alcalde de Ámsterdam había propuesto una serie de medidas para sacar los sex-shops y toda la actividad relacionada del centro de la ciudad y, en su lugar, poner tiendas de lujo, pero que la gente “se alzó en armas”, oponiéndose a tal atrocidad porque le quitaría su sabor a la ciudad. ¿Será ese el sabor de lo insólito? Y sí, Amsterdam es una ciudad, una verdadera ciudad, o sea con ciudadanos, con gente que no solo vive y ocupa espacio y servicios, sino que tiene una identidad: Amsterdam está integralmente hecha por la gente que vive en ella. Y eso lo entendimos claramente al visitar el museo de la ciudad. ¿Qué hay en el museo? Ni más ni menos que la historia cotidiana de Amsterdam desde el momento mismo de su creación. No son sólo “los hechos históricos importantes” –que también están representados- sino las cosas cotidianas a través del tiempo: cómo era esa casa que aún hoy existe en una esquina cualquiera... a la que se puede ver, por fuera y por dentro, en el año 1.300 y en el 1.500 y en el 1.900 y ahora, en el 2007. No es un museo donde hay “gente famosa” sino gente como la que se ve pasar todos los días por la calle. Uno se topa en una de las salas con la recreación de un bar y, en otra, con fotos de gente andando en bicicleta en el 1.900, en los años 30, 40, 50 y ahora en el siglo XXI; fotos de un coffeee shop, de un sex-shop y, por supuesto, de las vitrinas con las señoritas aburridas esperando que pase algún cliente para un sexo rápido… y me imagino que caro... Ámsterdam es la ciudad de las bicicletas; hay miles y miles de ella, por todos lados. Pocos carros circulan por sus calzadas, casi todo se hace en transporte público y en bicicleta, a pesar de los varios grados bajo cero que no parecen espantar a nadie, ¡ni siquiera a las muchachas en minifalda...! Hay carriles especiales para bicicletas y parqueos especiales para bicicletas. Hay turistas atropellados por bicicletas (la falta de costumbre de convivir con ellas) y semáforos especiales para ellas. Toda la ciudad esta concebida para andar en bicicleta. Hay pocos autos y, por consiguiente, pocos parqueos para autos. En realidad no vimos ni un solo parqueo público, ni lote, ni edificio. Es muy posible que la gente deje sus carros afuera del centro y entre en transporte público, unos tranvías limpios, silenciosos, sin música estridente, ni chofer malhumorado. Además de no haber muchos parqueos para carros, al parecer también parquear es peligroso porque uno tiene que hacerlo a los costados de los canales y nos contaban que hasta hace poco, en promedio, se caía un carro al agua por día. Ahora han puesto unas pequeñas barandas para detener los autos; y ¡claro!, con casi 2.000 bares y night clubes en el centro, es entendible que hubiera tanto “accidente” especialmente de noche. Sin embargo, y a pesar de todo, esta ciudad se está despoblando. Tiene en la actualidad casi 100 mil personas menos que hace 30 años. ¿Por que? Bueno, por muchas razones, pero una de ellas es sin duda que es una ciudad sumamente cara y difícil para vivir en ella. Para poder conseguir un departamento en la ciudad hay que inscribirse en una lista y el tiempo promedio de espera es aproximadamente ocho años! Y ¿los precios? ¡Casi medio millón de euros por un piso, y no muy grande…! O sea que se van los holandeses y llegan los jóvenes de todas partes del mundo, a vivir sus vidas de jóvenes; estudiando, trabajando en restaurantes, en bares, en hoteles; polacos, búlgaros, turcos y de todos esos países recientemente ingresados a la comunidad europea, o que quieren ingresar. Tal vez esta sea una nueva forma de división de clases; ricos globalizados y pobres ciudadanos de nuevos países comunitarios europeos… Pero todos hablando holandés e ingles. ¿Será esa la nueva sociedad mundial, globalizada y planetaria que está surgiendo? Tal vez… Pero si es como Amsterdam, la verdad es que no me parece tan mal. Si, todavía hay ricos y otros no tan ricos, pero a los ricos no se les ve, así que no molestan, y no son ostentosos, ni tienen sus barrios exclusivos y seguramente también fuman marihuana y caminan por entre los sex-shops y van a los cafés. En cambio, la vida cotidiana tiene una calidad que raramente se encuentra en otros lugares: es deliciosa. Y diferente; como en ese aviso que vimos en la televisión local. Era el típico aviso de comida para bebé: un padre que estaba en casa dándole de comer a su hijo mientras el otro llegaba y se maravillaba de que su bebé estuviera comiendo tan rico gracias a (y ahí venia la marca del producto). Sin embargo, lo curioso es que el que estaba en casa dando de comer al bebe era el padre y quien llegaba de la oficina…era la madre! La observación que nos hicimos cuando lo vimos fue: falta aún mucho tiempo para que en nuestros países se pueda hacer un comercial así.
Fotos de Amparo Ponce y Luis Rodriguez

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